DOMINGO

Larguísima curva de aprendizaje

   Los experimentados en administración, pública y privada, valoran mucho lo que llaman la “memoria institucional, descrita como lo que se ha hecho a lo largo del tiempo, cómo se ha hecho y cómo ha sido el proceso de decisiones.

  En la administración pública de casi todas las naciones esa memoria institucional se tiene por los servicios profesionales de carrera o aprovechando a trabajadores, empleados y trabajadores que se han desempeñado en una rama de la administración de los gobiernos.

  Durante el régimen del partido hegemónico, algo se consiguió, pero en los gobiernos de este siglo ha sido crecientemente difícil, porque, por ejemplo, los panistas entendieron el servicio profesional como la señal para darle plazas a los suyos, aunque no fue tan generalizado.

  El problema se tiene con los gobiernos de izquierda. Cuando tomó posesión del Gobierno de CDMX el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas sólo relevó a los principales mandos, pero cuando llegó a esa misma posición el actual Presidente, Andrés Manuel López Obrador, se inició el despido de empleados y trabajadores en tales cifras que se empezó a perder la memoria institucional.

  Ejemplo ya citado en estas entregar fue la entrega de placas vehiculares a partir del enero de 2001. Un sistema que automáticamente entregaba las placas a vehículos particulares nuevo o usados. El despido del personal que manejaba todo el sistema hizo que los nuevos empleados, trabajadores y funcionarios se hicieran bolas.

  Muchos recordarán que todavía en la primavera de 2004 entregaban cartones con los números de las placas. Pasaban meses para entregarlas. No era corrupción, era simple ineptitud. Una larguísima curva de aprendizaje que duró más de cuatro años.

  Uno se pregunta si, además de las evidentes consecuencias de la brutal reducción presupuestal y la implacable concentración de Poder en la Presidencia, muchos de los problemas, como el evidente desabasto de medicamentos e insumos médicos, así como de equipo en el sector salud no se debe tanto a corrupción y ambiciosas disputas de poder en el gabinete, sino a pura y simple incapacidad.

  A quienes esto escribimos nos aterra que la incapacidad, detrás de la apabullante retórica propagandística y la brutal realidad de las crisis económica y sanitaria, sea la causa de los problemas que hasta hoy han sido disimulados con una admirable eficacia para la propaganda y la manipulación política y social.

  Nos aterra que el sospechosismo presidencial haya eliminado toda la memoria institucional y que la curva de aprendizaje sea tan prolongada o más que la que tardaron en aprender a manejar un sencillo sistema como la entrega con oportunidad de placas vehiculares.