A menos de 24 meses de las elecciones
presidenciales aumenta la efervescencia, pero también empieza a cundir la
percepción de que el sexenio del Presidente Felipe Calderón para fines prácticos
ha terminado.
Es cierto que para crear esa percepción
contribuyen las acciones de Los Pinos y el partido en el poder, empeñados desde
ahora en las escaramuzas de la gran batalla por la Presidencia de la República
en 2012.
Pero también es cierto que hay corrientes de
opinión en la sociedad mexicana preparadas a posicionarse para el encontronazo
entre las fuerzas políticas.
Ambos comportamientos actúan como si el
sexenio hubiera terminado, actúan como si ya poco o nada podrá hacerse para
atender los formidables problemas que enfrenta la Nación.
Para la celebración de las elecciones faltan
algo así como 100 semanas. Y en 100 semanas pueden ocurrir acontecimientos que
forzarán al gobierno y a las fuerzas políticas a atenderlos.
Por ejemplo, ¿cuánto cambiaría si, contra los
pronósticos de crecimiento lento, la economía norteamericana cayera en otra
recesión? ¿cuánto cambiaría si las bandas del crimen organizado terminan por
establecer controles territoriales en las comunidades que ahora se disputan?
¿Cuánto cambiaría si la violencia empieza a invadir los espacios de la
política?
Los anteriores son acontecimientos quizá
improbables, pero no imposibles.
¿Acaso por el hecho de que al gobierno
calderonista le queden 29 meses en el poder hay que abandonar la batalla para
atender al creciente número de pobres? ¿Atenderán ese problema con reformas
políticas, simple reflejo del forcejeo por el poder?
La realidad, decía Einstein, es una ilusión,
pero es muy terca.
La realidad sólo puede cambiarse con
acciones. Y ni el gobierno ni las fuerzas políticas pueden ignorarla, sólo para
atender sus asuntos político electorales.
Bien que los partidos y el ala política del
gobierno y su partido se ocupen de los asuntos electorales, pero la
responsabilidad de gobernar no puede ser ignorada.
No se puede dejar a la Nación atrapada en las
rencillas políticas.
Las élites políticas y económicas de México
no pueden aislarse en una burbuja durante los siguientes dos años, como si nada
pudiera pasar.
La vida de la Nación no se detiene, tampoco
los problemas se resuelven sólo porque así lo quieran las élites
nacionales.
Quizá habría que recordarles a las fuerzas
políticas y al gobierno que la responsabilidad de conducir los asuntos de la
Nación que tiene el Presidente Calderón termina hasta el 30 de noviembre de
2012.
Olvidar esa responsabilidad puede abrir
puertas que luego nadie podrá cerrar.