La
semana que terminó sigue, como alguien comentó, como una especie de
reciclamiento de acontecimientos, declaraciones y hechos. Una suerte de “deja
vú”.
Al
momento de escribir estas líneas seguía sin resolver el conflicto en el PRD.
Las tribus siguen confrontadas y atrapadas en sus miopes intransigencias.
En
este espacio no nos alegramos de la crisis perredista, porque se debilita uno
de los tres principales partidos políticos de la República.
Pero,
sobre todo, porque al debilitarse el PRD se debilitan las corrientes de
izquierda que han decidido encauzar sus propuestas políticas por el camino de
la vía electoral y apostándole a la resolución pacífica de los conflictos de la
sociedad.
No es
conveniente la satanización del PRD, porque al satanizarlo se condena al
ostracismo a los elementos moderados de la izquierda mexicana.
Una
efecto colateral - e indeseable- del conflicto interno del PRD resulta en el
fortalecimiento de los radicales. Y no podemos ignorar que muchos de esos
radicales tienen poca confianza en la vía electoral para llegar al poder.
Prefieren la violencia.
Por
eso es un error que el gobierno calderonista y su partido contribuyan a recrear
un clima de polarización.
La
polarización genera no sólo encono, también genera agravios. Nada más grave
para una sociedad que una excesiva acumulación de agravios.
Por
eso es peligros que, otra vez, se cree un clima social y político tal que sólo
hay derecha e izquierda. El centro, donde se ubican los mexicanos sin partido,
que son mayoría, no hay nadie.
A
todos se nos exigen definiciones, pero son definiciones maniqueas. Blanco o
negro, dicen los actores de la política.
Y
todo porque en la clase política todos, gobierno y partidos, tienen su propia
agenda.
Lo
grave es que dicha agenda no es la agenda de la Nación. Vamos, ni siquiera
coincide con las agendas de la mayoría de los mexicanos.
En
estas circunstancias, hasta los optimistas incorregibles vacilamos, porque hay
días que parece que no tenemos remedio.
Y lo
peor. La vida nacional sólo parece fluir, ajena a todo y a todos.
No
hay brújula y por ello no hay rumbo.
Y,
como se dijo aquí la semana pasada. A nadie le importa, aunque el futuro nos
haya alcanzado.