La
semana pasada, en este cibernético espacio, se advertía que las torpezas
empezaban a convertir la polémica sobre la reforma petrolera en una reedición
de la crispación social y la polarización política que se vivieron durante el
desafuero de López Obrador y después de las elecciones presidenciales de 2006.
Es
cierto, a López Obrador y la mayoría de los integrantes del Frente Amplio
Progresista no han respetado el marco institucional. Eso sorprende sólo a los
ingenuos, pues nunca lo han hecho.
Las maniobras
calculadas desde el pasado enero, cuando López Obrador anunció que “no pasaría
ninguna reforma energética que significara la privatización de Pemex”, le han
dado oxígeno al movimiento lopezobradorista y le han atraído simpatizantes en
ámbitos ajenos a la izquierda.
Al
gobierno calderonista le ha faltado control de sus propios simpatizantes y
operadores políticos. Si lo ejercieran no habría salido en la televisión ese
deleznable spot en el cual se compara a López Obrador con históricos
dictadores.
El
problema esencial es que se confunde la propaganda mercadotécnica con la
comunicación política.
Sin
comunicación política no podrán superar los prejuicios en el imaginario popular
en materia petrolera.
Ahora
están en manos de la estrategia meticulosamente diseñada por López Obrador y su
círculo más cercano, integrado por veteranos de la política.
Arrinconados, los legisladores panistas y priístas han aceptado que la
duración del “debate nacional” sobre la reforma petrolera sea mayor a las ocho
semanas originalmente calculadas.
Están
dispuestos a dure 90 días. Y López Obrador eleva la apuesta.
Primero, exige que panistas y priístas -que son mayoría en el Congreso-
se comprometan por escrito que una vez pasados los 90 días no se celebre un
período extraordinario de sesiones, con lo que prácticamente “el debate”
llevaría los 120 días originalmente exigidos por los frentistas.
Pero
ya elevaron más la apuesta.
Ahora
exigen que aunque el próximo septiembre, ya en período ordinario de sesiones, el
Congreso aprobara una versión corregida y mejorada de la reforma petrolera, que
incluyera las opiniones recogidas en el debate, no bastará.
Ahora
quieren que la reforma que apruebe el Congreso, cualquiera que sea su contenido
final, se someta a un referéndum.
Y,
como el referéndum no figura en el marco legal federal. El Congreso tendría que
dedicar tiempo a discutir la eventual aprobación de esa figura de consulta
ciudadana.
Como
se ve, de lo que se trata es de retrasar la reforma petrolera lo más posible.
Al menos lo suficiente para que sea tema central de las elecciones de diputados
federales del año próximo, con lo cual calcula que se revertiría la actual
antipatía mayoritaria hacia el PRD:
Y si
no se revierte, no importa. Mantener el tema en la discusión durante más de un
año seguirá oxigenando la figura de López Obrador.
Luego, bueno, pues luego ya se verá qué otro tema se inventa para
polarizar a la opinión pública.
Lo
peor es que los adversarios de López Obrador caen en todas las provocaciones y
al confrontarlo sólo por la vía de la propaganda contribuyen a fortalecer su
figura.
Mientras, López Obrador podrá consolidar su control sobre el PRD.
Y
habrá ganado la batalla a Cuauhtémoc Cárdenas.
Al
operar fuera de las instituciones, tiene todas las ventajas. Sabe que goza de
impunidad.
Otra
vez intenta crear la percepción de lo inevitable de su candidatura para 2012.
Y,
por supuesto, de lo inevitable de que ahora sí pueda ser Presidente de la
República.
Sólo
una operación política de sus adversarios, durante y después de las elecciones
legislativas de 2009, puede contenerlo.
Podrían empezar por concertar acuerdos que derroten al PRD y al FAP en
todas las elecciones locales de este y el próximo año. Y, por supuesto, en las
elecciones de diputados del año próximo.
En
esas circunstancias, la percepción sería que López Obrador, al final de la
jornada, es sólo un político con presencia en el Valle de México. Podría ser
aislado.
Siempre, sin embargo, habrá que
tener presente que si se le arrincona, buscará provocar confrontaciones
violentas, explotando el imaginario de una minoría intelectual y social que
todavía sueña con la “violencia revolucionaria”, pues que a la mayoría le
repugne la violencia armada, ni significa que no haya entre nosotros muchos
miles que todavía la creen como la vía más eficaz para llegar al poder.