La
semana que comienza estará dominada, sin duda, por el conflicto interno del
PRD, resultado de la escandalosa elección de su dirigencia nacional. Y, claro,
por esa discusión, a veces ideológica, a veces racional, casi siempre
estridente sobre cómo sería una reforma que atendiera el problema energético
que a mediano plazo enfrentará la economía de la República.
LA
PELEA PERREDISTA
El
pleito en el seno del PRD no es por la dirigencia nacional del partido, sino
por decidir cuál de las corrientes - la cardenistao la lopezobradorista- tendrá en control de
la estructura partidista y de sus expresiones institucionales en el Congreso y
los gobiernos de los Estados.
El
ignorado reclamo del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas para que se anulen las
elecciones internas perredistas y se celebren de nuevo, es apenas una
demostración más de que la influencia del ingeniero, el fundador del partido,
es ya apenas testimonial en términos de influencia política concreta en las
decisiones.
Para
Andrés Manuel López Obrador es crucial tener el control institucional del PRD,
porque le da sustento y viabilidad política y económica al movimiento en el
cual ha depositado sus esperanzas de derrotar políticamente al gobierno de
Felipe Calderón.
Con
el control del partido, López Obrador podría darle vigencia a su táctica de
presionar mediante movilizaciones callejeras, a la vez que le da la posibilidad
obligar a los coordinadores en el Congreso y a los gobernadores perredistas a
operar más en consonancia con la agenda personal del tabasqueño.
Porque hay que decirlo. La agenda personal de López Obrador no
necesariamente coincide con las agendas de otras corrientes del partido.
Hubo
un tiempo que en el PRD no se movía una hoja sin la anuencia del ingeniero
Cárdenas. Ahora el objetivo de López Obrador es que nadie en el PRD actúe
distinto a los designios de su movimiento y sus objetivos de mediano y largo
plazo.
El
problema es que López Obrador y sus estridencias suelen aturdir a sus
adversarios. Su discurso es provocador y causa reacciones viscerales.
Y en
ese terreno, el de la visceralidad, López Obrador tiene ventaja.
Si en
los próximos doce meses el gobierno calderonista y el PAN encuentran un
discurso sencillo pero convincente, si actúan con inteligencia, estarían en
posibilidades de conseguir que las elecciones legislativas de 2009 le dieran
otro rostro al Congreso y de paso una indispensable bocanada de oxígeno al
ambiente político nacional.
REFORMA ENERGÉTICA
Como
ciudadano, aún no sé exactamente cuál es el objetivo del gobierno, del partido
en el poder y de la oposición en materia energética.
El
discurso simplista de “no a la privatización de Pemex”, y el mediático discurso
del “tesoro en aguas profundas”, han polarizado a la opinión informada, pero a
los ciudadanos no nos dejan en claro cuál será el destino de la renta petrolera
de Pemex, la actual y la futura.
Porque lo que está en disputa no son los activos físicos de Pemex, sino
la renta que produce la actividad petrolera y la generación de energéticos.
Todos, gobierno y partidos, nos deben explicaciones mayores y respuestas
a muchas preguntas.
No
se pueden descalificar los recelos de la opinión informada con el argumento de
que son dogmas superados.
Tampoco se puede rechazar una discusión racional, inteligente y técnica
acerca de el modelo de política energética a seguir.
Los
diputados y los senadores tendrían que explicar cómo fue que permitió que los
recursos que presuntamente dejaron disponibles para Pemex en el presupuesto de
2008 fueran “esterilizados” por la exigencia de un superávit fiscal incluido en
el mismo presupuesto. O sea, que no hay tales recursos disponibles para Pemex.
El
gobierno nos tendría que contar sobre el destino que se da al Fondo de
Estabilización Petrolera, a donde va la tercera parte de los excedentes
petroleros.
La
oposición nos tendría que explicar cuál su propuesta de política energética,
sin los ditirambos absurdos de “energía barata”. No hay tal, la energía cuesta
lo que tiene que costar de acuerdo a las realidades económicas.
Hay
muchas explicaciones y preguntas pendientes de responder.
La
principal y fundamental sería que supiéramos cuál es el proyecto de desarrollo,
en qué sectores de la economía se concentrará el esfuerzo nacional para que ese
desarrollo se refleja en disminuciones drásticas de los índices de pobreza y
marginación.
Y nos
tendrían que mostrar su disposición a dialogar y a llegar a acuerdos.
Los
debates actuales son fútiles, en tanto no sea aceptada por todos, por los
políticos de todos los partidos, por los funcionarios y por la sociedad una
premisa fundamental de la democracia:
“… No
existe posibilidad de gobernar sin transacciones justas, honradas e
inteligentes”.