Arrecia la ofensiva contra el Secretario de Gobernación Juan CamiloMouriño.
Aunque el gobierno calderonista ha iniciado un trabajo de control de
daños, aún parecen no haber encontrado la fórmula para que la polémica puede
transitar por la vía institucional.
Hasta
ahora los adversarios del gobierno de Calderón han tenido éxito en mantener el
tema en los medios de comunicación, con los riesgos que las estridencias
naturales no permitan a la población discernir quién tiene la razón.
El
caso Mouriño ha revelado, como lo consignó certeramente el maestro José Carreño
Carlón, una cierta dificultad del gobierno del Presidente Calderón para manejar
las crisis de comunicación.
Y esa
es una debilidad que en algún momento tendrá que superar el régimen, si no quiere
pasar el resto del sexenio de escándalo en escándalos.
Por
supuesto que son escándalos administrados cuidadosamente por la oposición que
encabeza Andrés Manuel López Obrador. Ese no es el problema, el problema es que
los colaboradores del Presidente Calderón no han conseguido estructurar su
comunicación política, y se quedan en el terreno de los spots comerciales que
en el terreno político poco ayudan.
Tanto
Juan Camilo Mouriño como César Nava se quejan que se trata de una ofensiva cuyo
objetivo es dañar el gobierno del Presidente Calderón.
Califican de dolosos y perversos los ataques contra los colaboradores
del Presidente. Por supuesto que son dolosos y perversos.
Es de
una enternecedora ingenuidad política esperar que un adversario como López
Obrador, o cualquier otro actúe condescendientemente con Los Pinos o con el
PAN.
El
certero golpe asestado por López Obrador tendría que haber sido revelador para
el Presidente y sus colaboradores. Tendría que convencerlos que hace año y
medio llegaron a Los Pinos, a las ligas mayores de la política.
Están
en el centro de la lucha por el poder, donde no se recibe ni se da cuartel a
los adversarios.
Por
supuesto que los adversarios del Presidente Calderón quieren que fracase su
gobierno. Y a algunos no les importa que tenga un costo para la Nación.
Así
es la realidad de la sinrazón y la mala fe de la política.
No es
la opinión pública la que tiene que comprender a los colaboradores del
Presidente. Ellos son quienes deben comprender a la opinión pública y armar a
corto plazo una estrategia de comunicación política.
Pecan
de inocentes al suponer que el perredismo y sus aliados van a sacar las
polémicas contra los colaboradores del Presidente del terreno de la política,
de las declaraciones y los posicionamientos mediáticos.
Es el
gobierno calderonista quien tendría que llevar el caso ante las instituciones
jurídicas y administrativas para que ahí sea juzgado.
El
Presidente Calderón tendrá que encontrar alguna salida para un problema que ha
desviado la atención de los problemas centrales de la Nación.
Por
supuesto que sería un error que, en medio del escándalo, Calderón relevara a
varios de sus colaboradores.
Pero
mientras sí podrían integrar una estrategia de comunicación política y de gobierno
más agresiva.
Están
siendo blancos de una implacable ofensiva.
Dejar
hacer y dejar pasar sólo puede agravar la situación. Y lo que ahora es sólo un
escándalo podría convertirse en crisis política. Lo que menos necesitan, el
Presidente y la Nación.