La semana que termina estuvo dominada por dos
grandes temas: la elección de tres nuevos consejeros del Instituto Federal
Electoral, incluido su consejero presidente, y el incipiente, pero intenso
debate que empieza a gestarse en torno a una eventual reforma del sector
energético.
En algunos sectores de opinión ha provocado
reacciones airadas la elección de consejeros del IFE.
Se ha denunciado con energía la flagrante
violación de la reforma constitucional en materia electoral que fijaba como
plazo el 13 de diciembre para la elección. Se ha denunciado también el
turbulento proceso de negociación, detalles del cual han empezado a darse a
conocer en algunos medios impresos.
En este espacio se ha opinado que todo
proceso que requiere de una votación en el Congreso es un proceso político y
partidista, un proceso en el cual intervienen los intereses políticos, los de
partido y hasta las fobias y filias de los legisladores, además de sus
personales proyectos y ambiciones.
Esperar otra cosa es fantasear, es suponer que
los actores políticos tienen que elevarse por encima de las pasiones humanas.
Es demasiado pedir.
Lo que si ha revelado el proceso de elección
de consejeros del IFE es que, como se ha sostenido en este espacio cibernético
desde hacer ya cuatro años, el reacomodo de fuerzas políticas y económicas no
ha terminado.
Y no ha terminado porque en ese reacomodo,
para muchos de los actores más destacados está el propósito de modificar hasta
donde sea políticamente posible el sistema de gobierno, por considerar que con
otro sistema sus proyectos personales y de grupo tendrían más posibilidades de
realizarse.
Hará falta algo más que la designación de un
hombre de confianza en la Secretaría de Gobernación para que el Presidente
Calderón impida que el reacomodo de fuerzas termine debilitando su Presidencia.
Exigirá de toda la capacidad de liderazgo,
conducción y, sobre todo, de comunicación fluida y eficaz que posea Felipe
Calderón.
Y mano firme para exigir a sus colaboradores
primero, y luego para contener a sus adversarios.
ENERGÍA
La reforma energética es vital para
asegurarle un mejor futuro a México, han coincidido la mayoría de las fuerzas
políticas de la República.
No se puede evitar que haya un debate
intenso, con frecuencia irracional y simplista, pero si debe evitarse a toda
costa que se convierte en una guerra de trincheras, en la cual cada quien cave
su posición y la defienda a costa de lo que sea.
Con su agudo instinto político, el ex
candidato presidencial del PRD Andrés Manuel López Obrador ha identificado la
reforma energética como el tema que le puede dar una presencia mayor en los
medios. Intentará ser interlocutor obligado en el debate energético.
López Obrador, quien además de agudo instinto
político, tiene una fijación de ideas que ya le ha costado mucho en el pasado,
ya empezó a cavar si trinchera. Nadie lo moverá del discurso “no a la
privatización de Pemex”.
El tabasqueño enfrentará, sin embargo, el
creciente descontento en las filas del perredismo porque el discurso
lopezobradorista pueda devolverle al PRD la imagen de partido rijoso que tanto
le costó en el pasado.
Es una paradoja que el mismo López Obrador
que con su estrategia para buscar la candidatura presidencial y luego la
Presidencia hizo tanto para eliminar la imagen rijosa del PRD, sea quien ahora
con su discurso crecientemente violento reconstruya la imagen.
Quizá como ninguna otra reforma la energética
exigirá de una estrategia inteligente, una que identifique la idiosincrasia
nacional, pero que también tenga la capacidad de influir favorablemente en la
opinión pública.
Esa estrategia inteligente debe ser lo
suficientemente visionaria para definir objetivos nacionales a largo plazo. Y
convencer a la opinión pública de que esos objetivos son los que le convienen a
la República.
Y eso, aunque algunos en Los Pinos no lo
quieran creer, exige algo más que spots que pintan de rosa la realidad.