La semana que termina estuvo dominada por el
relevo de los Secretarios de Gobernación y de Desarrollo Social.
El Presidente Felipe Calderón ha ajustado así
su gabinete, precisamente en las áreas más delicadas: la política y la social.
Durante su campaña por la Presidencia
Calderón hizo un ajuste drástico en su equipo y en su estrategia de campaña,
ese ajuste le significó un triunfo que a tantos parecía improbable.
El tiempo dirá si el ajuste en el gabinete
presidencial significa algún cambio real en la estrategia sexenal.
DESARROLLO SOCIAL
El relevo de Beatriz Zavala en Desarrollo
Social ha estado sujeto a muchas interpretaciones.
Sin duda que muchos de los programas sociales
de la dependencia funcionaron ineficientemente. Sólo en el seno del gobierno,
quienes disponen de información privilegiada saben si la ineficiencia es
atribuible a la ahora ex secretaria.
Al final ya no importa, pues de todas formas
ha sido relevada.
En su lugar fue enviado Ernesto Cordero,
quien fungía como subsecretario de Egresos de la Secretaría de Hacienda,
precisamente la dependencia desde la cual se supervisa el eficiente ejercicio
del presupuesto en las Secretarías de Estado.
Cordero es miembro del primer círculo
presidencial y, sin duda, cuanta con la absoluta confianza del Presidente
Calderón.
En la Secretaría de Desarrollo Social no
estarán a prueba las capacidades administrativas, gerenciales o actuariales de
Ernesto Cordero. En dicha Secretaría estará a prueba su sensibilidad social, su
capacidad para ver más allá de la hoja de Excel y comprender que cada cifra
afecta para bien o para mal a millones de personas.
En este relevo queda, sin embargo, una
incógnita.
¿Se le regatearon intencionalmente las
ministraciones de recursos a Beatriz Zavala para quedar mal o de verdad la ex
secretaria no pudo con el encargo?
No sería la primera vez que un miembro del
gabinete le tiende una celada a un compañero de gabinete y de partido.
GOBERNACIÓN
El relevo que atrajo más atención, claro, fue
el de Gobernación.
Fue evidente que Francisco Ramírez Acuña no
lo aceptó con el mejor ánimo. Basta releer su discurso para comprobarlo.
Como sea, ya está Juan Camilo Mouriño en
Bucareli.
Él mismo reconoce que ya no podrá operar tras
bambalinas. Ahora lo hará en el centro del escenario, sujeto a un implacable
escrutinio público. Y, sobre todo, a cotidianos retos que buscarán averiguar su
temple y su capacidad política.
Difícil saber si el Presidente Calderón sólo
quiso en Bucareli a quien dicen es su hombre de mayor confianza y su amigo. O
si decidió que si Mouriño se lleva a Bucareli toda la operación de la jefatura
de la oficina de la Presidencia también podrá convertirse en el pararrayos que
le ha faltado durante el primer año de su gestión.
De cualquier manera, Mouriño tendrá que
enfrentar algo más que la sinrazón y la mala fe de sus adversarios y de los
adversarios del Presidente. Hay desafíos más concretos e infinitamente más
serios.
Tendrá que sortear los retos de una agitación
política y social que no cede.
Dicha agitación explota los agravios percibidos
por algunos sectores.
Se sustenta, quizá, en argumentos no siempre
verídicos, ni siquiera racionales; pero explota con singular simplismo los
complejos problemas de la Nación.
Las manifestaciones, hasta ahora pacíficas,
podrían tornarse violentas, si el gobierno de la República no actúa con
sensatez y prudencia.
A Mouriño habría que decirle aquella receta
de Miguel de la Madrid:
“…
Controlen a su gente, porque el pasto está muy seco”.
Al desafío de la agitación social que tendrá
que enfrentar el nuevo Secretario de Gobernación se suma la ya declarada guerra
del crimen organizado.
El caso de Tijuana es paradigmático.
Mientras la presencia federal es abrumadora
en Tamaulipas y sea realizan detenciones, se decomisa armamento y se intenta
desmantelar a las bandas criminales, en Tijuana la lucha es contra los mandos
policíacos.
La creciente violencia contra funcionarios
policíacos y contra militares tendrá que enfrentarse con respuestas enérgicas,
pero no sólo en la declaración, sino también en la eficacia.
El reto fundamental para Mouriño es cómo
impedir que las bandas del narco y del crimen organizado se infiltren en los
procesos electorales, locales, estatales y federales.
¿Cómo vigilar que en la selección de
candidatos de un partido no se deje sentir la influencia del narco? ¿Cómo
hacerlo sin que los partidos se quejen de interferencia gubernamental en sus
procesos internos?
Porque no está claro que en los tres grandes
partidos no haya políticos vinculados indirectamente o a veces directamente con
las mafias.
Ese es el gran reto: proteger a las
estructuras políticas institucionales y partidistas de la influencia del dinero
sucio del narco, sustraerlas de su control.
Esa es la gran prueba para Juan Camilo
Mouriño, porque será la tarea más difícil que enfrentará en su vida.