La semana que termina la marcaron dos acontecimientos:
la violenta irrupción a la Catedral Metropolitana por un grupo de simpatizantes
de la Convención Nacional Democrática, y por las acaloradas protestas de muchos
medios y muchos periodistas por las reformas al Código Federal de Instituciones
y Procesos Electorales que “cocina” el Congreso.
LA
CONJURA EN EL CAMPANARIO
¿Fue una provocación? ¿Fue un error táctico de los
simpatizantes de la Convención Nacional Democrática?
Lo que haya sido, el incidente en la Catedral
Metropolitana, la más violenta de las habituales protestas de diversos grupos
contra el Cardenal Norberto Rivera, sólo demostró cuán riesgoso es el discurso
violentos, porque suele poner en marcha acontecimientos que quedan fuera de
control.
El cierre de la Catedral, recinto religioso que ni
durante la guerra cristera se cerró, aunque en aquella época no se celebró
ningún rito, fue una medida extrema, con la cual, dominados por la irritación
por la eventual profanación del Altar Mayor durante la celebración de la misa
dominical, los jerarcas del Arzobispado de alguna manera escalaron en nivel de
la confrontación con los grupos lopezobradoristas, con el gobierno del Distrito
Federal y de alguna manera arrinconaron a los moderados del PRD.
Si, como dicen los defensores del Frente Amplio
Progresista, del PRD y de López Obrador, las llamadas a misa dominical el
pasado domingo 18 de noviembre fueron una intencionada provocación, el error
fue caer en la provocación.
Eso, a los díscolos, como quien esto escribe, les
podría hacer pensar que la celebración del mitin lopezobradorista a la misma
hora de la misa dominical podría también haber sido algo más que una
coincidencia.
Es un tema que se presta a demasiadas conjeturas para
un análisis serio, pues salvo declaraciones al “bote pronto“, conocemos
motivaciones, pero no intenciones de todos los protagonistas.
Sirvió para detectar que en la sociedad mexicana,
particularmente en la del Distrito Federal, de alguna manera los resabios de la
enconada confrontación política han permeado en dos sectores y por momentos las
emociones prevalecieron sobre la prudencia y la sensatez.
Afloraron los sentimientos anticlericales de muchas
lúcidas inteligencias y la sensación en el sector católico de que, otra vez, se
urdían agresiones contra la Iglesia Católica.
Es lamentable que el conflicto religioso del siglo 19
y la rebelión cristera de hace casi 80 años, episodios de nuestra historia que
deberían ser objeto de estudio para historiadores y sociólogos aún sean objeto
de debates que no sirven sino para dividir a los mexicanos.
Más lamentable aún que los exaltados hayan dominado
una discusión durante toda la semana, una discusión que debió llevarse en los
terrenos de la prudencia y la sensatez.
Si de algo sirve el episodio es, nunca se insistirá
suficiente, su utilidad para ilustrar lo peligroso que es manejar los asuntos
públicos con un lenguaje virulento, más bien destinado a cultivar el rencor y
exacerbar diferencias.
El año de 1994, cuando desde el levantamiento del EZLN
el ambiente nacional se llenó de declaraciones encendidas, apasionadas,
sesgadas y rencorosas, nos demostró cuán cierta fue la frase de Octavio Paz:
“… La violencia verbal no es inofensiva; de la
violencia verbal es muy fácil pasar a la violencia física”.
CÓDIGO
ELECTORAL
En casi todos los medios de información, electrónicos
e impresos, se ha dejado sentir la preocupación porque en el Congreso de la
Unión se prepara una reforma al Cofipe que bien podría restringir la libertad
de prensa y la libertad de expresión de los ciudadanos.
Es posible que tengan razón los senadores y diputados
que acusan a medios y periodistas de reaccionar exageradamente a las dispersas
informaciones filtradas acerca de cómo serían las reformas al Código Electoral.
Es posible que muchos de nuestros lectores
cibernéticos coincidan con aquellos que acusan a medios y periodistas de no
comportarse con responsabilidad.
Lo peligroso es que dicha responsabilidad se pretenda
imponer desde el Estado, porque se incursiona en terrenos donde podría
vulnerarse la libertad de expresión.
A los medios de comunicación y a los periodistas son
los lectores, los radioescuchas y los televidentes los que pueden controlarlos.
Si los ciudadanos consideran que un medio o un
periodista es irresponsable en el manejo de la información, está en su mano la
sanción. Basta con que los ciudadanos no sintonicen o no lean a quienes
consideren irresponsables.
Así, el medio y el periodista, o cambia su proceder o
se extinguirá por inanición, pues sin lectores, televidentes o radioescuchas,
nadie puede sobrevivir. Y no importa lo que digan algunos puritanos puristas,
los medios son un negocio.
Hay una política coincidencia entre los tres grandes
partidos para someter a los medios de comunicación y a los periodistas. El columnista
Ricardo Alemán la llama el Grupo G-3 -PAN, PRI, PRD-, mientras otros la llaman
la Santa Alianza.
Esa política coincidencia corre al parejo con el
desprecio congénito en los políticos de todos los partidos hacia los
periodistas y los medios.
Consideran que durante los últimos 10 años los medios
y los periodistas han abusado de la libertad de prensa.
Y han decidido poner un alto a esos abusos, con la
única herramienta que tienen, la coerción de la ley.
Sólo que la coerción, cuando de libertad de expresión
se trata, puede convertirse en instrumento de represión.
Ni en la época que los demócratas redivivos llaman “el
autoritarismo priísta” se tuvo un marco legal tan represor como el que preparan
los legisladores.
Con ese marco legal represor, pierden los medios,
pierden los periodistas, pero pierde sobre todo la sociedad y la democracia se
disminuye.
Dicen los legisladores que estamos opinando sobre lo
que no será, o sea que hablamos de lo que todavía no conocemos. Y ni siquiera
se les ha ocurrido que toda esa prevención y preocupación surgen precisamente
porque el debate de esta legislación se ha conducido en el más estricto sigilo.
Una democracia deja de serlo cuando las leyes que
rigen a una sociedad se discuten en el más estricto secreto.
¿Por qué el secreto? ¿A qué le temen el PAN, el PRD,
el PRD y el gobierno del Presidente Calderón?