La semana, sin duda, ha estado dominada por
las informaciones del desastre tabasqueño.
Las aguas
descienden en Tabasco, mostrando que la entidad está en una trágica ruina
económica. Hay que evitar que se convierta en una tragedia social y, luego, en
un desastre político, como de alguna manera fue el terremoto del 85 en el DF.
Aunque el
ánimo solidario de la sociedad decaiga inevitablemente, en Los Pinos tienen que
hacer lo necesario para evitar que el gobierno federal empiece a ausentarse de
las labores de reconstrucción.
Mientras, el
Presidente Calderón tiene que atender todos los frentes políticos, para no
perder la perspectiva de que en tres semanas se multiplicarán las evaluaciones
de un año de gestión.
Sería un error
que en Los Pinos se dejara sentir el mismo desenfrenado frenesí por mantener la
imagen en las encuestas de popularidad, como ocurrió en el sexenio pasado.
Hay indicios
de que la tentación está ahí, siempre presente. Ojalá y la resistan, porque el
ser popular, muy popular, no significa necesariamente eficiencia y eficacia de
un gobierno.
Hasta ahora
con una operación política a veces levemente dislocada ha conseguido Felipe
Calderón fortalecer el poder de la Presidencia.
Ha alcanzado
objetivos de reformas. Y ha estado dispuesto a pagar el costo político por
ellas.
Pero ese ánimo
no siempre se refleja en el comportamiento de todo el equipo de su gobierno.
Algunos, inclusive en Los Pinos, actúan como si aún estuvieran en campaña.
Quizá el
próximo uno de diciembre, al iniciarse el segundo año de gobierno, cale en su
ánimo la convicción de que la población y las élites políticas, sociales y
económicas se han vuelto más exigentes.
Siempre estará
presente la lección de templanza que dio Ernesto Zedillo. En 1995, era tan
impopular que se llevó a hablar de una renuncia presidencial. Zedillo aguantó,
hizo lo que él creyó debería hacerse.
Y al final de
su sexenio su popularidad era tan alta como hace un año estaba la popularidad
de Vicente Fox.
La diferencia
es que Zedillo entregó un país en marcha.
Fox heredó a
Calderón un país dividido y maltrecho.
Gobernar,
además de inteligencia política, exige casi siempre temple de los gobernantes,
mucho temple.