Con el Café 11/Nov/07

 

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 Con el café

 

(Edición de Fin de Semana)

 

Por: José Fonseca

 

Año 4

11 de Noviembre de 2007

Número 170

 

Tabasco

  La semana, sin duda, ha estado dominada por las informaciones del desastre tabasqueño.

  Las aguas descienden en Tabasco, mostrando que la entidad está en una trágica ruina económica. Hay que evitar que se convierta en una tragedia social y, luego, en un desastre político, como de alguna manera fue el terremoto del 85 en el DF.

  Aunque el ánimo solidario de la sociedad decaiga inevitablemente, en Los Pinos tienen que hacer lo necesario para evitar que el gobierno federal empiece a ausentarse de las labores de reconstrucción.

  Mientras, el Presidente Calderón tiene que atender todos los frentes políticos, para no perder la perspectiva de que en tres semanas se multiplicarán las evaluaciones de un año de gestión.

  Sería un error que en Los Pinos se dejara sentir el mismo desenfrenado frenesí por mantener la imagen en las encuestas de popularidad, como ocurrió en el sexenio pasado.

  Hay indicios de que la tentación está ahí, siempre presente. Ojalá y la resistan, porque el ser popular, muy popular, no significa necesariamente eficiencia y eficacia de un gobierno.

  Hasta ahora con una operación política a veces levemente dislocada ha conseguido Felipe Calderón fortalecer el poder de la Presidencia.

  Ha alcanzado objetivos de reformas. Y ha estado dispuesto a pagar el costo político por ellas.

  Pero ese ánimo no siempre se refleja en el comportamiento de todo el equipo de su gobierno. Algunos, inclusive en Los Pinos, actúan como si aún estuvieran en campaña.

  Quizá el próximo uno de diciembre, al iniciarse el segundo año de gobierno, cale en su ánimo la convicción de que la población y las élites políticas, sociales y económicas se han vuelto más exigentes.

  Siempre estará presente la lección de templanza que dio Ernesto Zedillo. En 1995, era tan impopular que se llevó a hablar de una renuncia presidencial. Zedillo aguantó, hizo lo que él creyó debería hacerse.

  Y al final de su sexenio su popularidad era tan alta como hace un año estaba la popularidad de Vicente Fox.

  La diferencia es que Zedillo entregó un país en marcha.

  Fox heredó a Calderón un país dividido y maltrecho.

  Gobernar, además de inteligencia política, exige casi siempre temple de los gobernantes, mucho temple.

 

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