La semana
estuvo marcada por el ineficaz manejo comunicacional de la Iniciativa Mérida,
el acuerdo con Estados Unidos para el combate al crimen organizado; por el
insistente protagonismo y rijosidad del ex presidente Fox, y por el accidente
en la plataforma petrolera que costó la vida a 23 trabajadores.
Es innegable
que México, como una de las dos vías de acceso a Estados Unidos no puede ser
ajeno a la lucha antiterrorista. El terrorismo es una amenaza real, más real de
lo que aceptan muchos cuya lucidez es nublada por la ideología.
Igualmente
urgente es que las fuerzas policíacas y militares de México modernicen su
equipo, recursos tecnológicos y capacitación para enfrentar al crimen
organizado. Y no tiene el gobierno mexicano suficientes recursos para esa
modernización.
Bajo la
premisa de que el problema del narcotráfico es una corresponsabilidad entre
México y Estados Unidos, el gobierno de Calderón decidió obtener el respaldo
que requiere para modernizar sus recursos contra el crimen organizado.
Se preveía una reacción irritada de muchos
sectores, en los cuales el antiyanquismo es crónico y, a veces, hasta
enfermizo.
Mas la
reacción ha sido más virulenta y menos manejable de lo que se calculó en Los
Pinos, por la sencilla razón de que no se armó una estrategia de comunicación
adecuada y eficaz.
Hubo
contradicciones, titubeos e innumerables aclaraciones que sólo enturbiaron más
el ambiente político para un acuerdo que, al final del día, también está
atrapado en las rencillas políticas del Congreso de Estados Unidos, pues allá
en Washington nada de lo que se decide es ajeno a la batalla por la Casa
Blanca, batalla que está en marcha.
Además, el
acuerdo de apoyo a México de la Iniciativa Mérida fue incluido en el
presupuesto complementario de 42 mil millones de dólares solicitados por el
presidente de Estados Unidos George Bush para las guerras en Irak y Afganistán.
Eso le da un matiz polémico en el cual puede naufragar la iniciativa y, al
final de la jornada, el debate ideológico en México habrá sido inútil.
FOX
El ex
presidente Vicente Fox y muchos de sus aliados en el PAN han considerado que el
activismo del ex mandatario se justifica, por no estar obligado a respetar las
reglas no escritas de lo que peyorativamente llaman el “viejo sistema autoritario”.
Ahora el ex
presidente Fox paga el costo de violar esas reglas no escritas que, después de
todo, corresponden a la idiosincrasia nacional, pues de todo se puede acusar a
los hombres del antiguo régimen, menos de no conocer a su pueblo.
El ex
presidente Fox y sus aliados no midieron el impacto que podrían tener en el
régimen de Felipe Calderón el activismo rijoso, sobre todo cuando Calderón ha
tenido que enfrentar graves cuestionamientos a la legitimidad de su elección.
Esa era la
razón política más lógica y poderosa para que el ex presidente Fox callara,
pues ya era suficiente que, como dijo el Tribunal Federal Electoral, el
activismo foxista haya puesto en riesgo la elección, para todavía pavonearse
por ello.
En su
temeraria rijosidad, Fox subestimó a la opinión nacional.
Quizá las
acusaciones en su contra y contra su esposa Marta Sahagún de Fox jamás podrán
ser probadas; pero como es tradición en este país, el ex presidente y su
familia ya han sido juzgado y condenados por la opinión pública.
Así les
ocurrió a todos sus antecesores en el cargo. A algunos el tiempo los
reivindica; pero él no tiene la paciencia, quiere reconocimiento en vida. No lo
va a tener, porque están demasiado frescos los agravios, reales o imaginarios.
Es posible
que, como lamentan algunos, se haya emprendido una campaña de linchamiento
contra el ex presidente y su esposa.
Es el precio
que se paga cuando se pierde la aureola de la Presidencia que arropa y disfraza
las limitaciones de los inquilinos de Los Pinos.
ELECCIONES
El lunes 29 de
octubre en la Cámara de Diputados empezará a procesarse la proclama de las
reformas constitucionales en materia electoral.
Y
transcurrirán cuando menos seis semanas para que dichas reformas
constitucionales sean aterrizadas en cambios a 16 leyes secundarias y en la
creación de cuanto menos tres nuevas.
Esa es la
tarea que enfrentarán los diputados.
Además, en ese
lapso tendrán que escoger al nuevo consejero presidente del IFE y a dos
consejeros más. Se esfuerzan por cambiar el procedimiento, pero no importa los
cambios que se le hagan, al final serán ellos los diputados quienes tendrán que
elegir y votar de acuerdo a los intereses de sus partidos, porque es un proceso
político, pues nada de lo que se hace en el Congreso puede ser asépticamente
apolítico.
El riesgo que
corren los legisladores es que no les alcancen las seis semanas para traducir
en leyes las reformas constitucionales y que se haga una aprobación al vapor.
Eso haría
inútil toda la reforma electoral, pues habrán reemplazado unas reglas que nos
han dado cuatro elecciones federales razonablemente confiables, a pesar de los
cuestionamientos rabiosos de algunos perdedores.
Y las nuevas
reglas podrían ser tan improvisadas que podrían hacer de las próximas
elecciones federales un caos.