El discurso del pasado viernes 21 de septiembre,
pronunciado por el Presidente Felipe Calderón, ha producido reacciones
diversas, muchas contradictorias, y las naturales especulaciones e
interpretaciones acerca de quiénes eran los destinatarios del mensaje
presidencial, improvisado, por cierto, no escrito.
Esta, claro, es una interpretación más, la cual
confiamos consiga cuando menos provocar reflexiones entre nuestros lectores
cibernéticos.
En principio recordó a su auditorio -300 importantes
personalidades de casi todas las actividades-, que junto con otros miembros de
las élites empresariales, políticas y sociales de la República, son
privilegiados, porque han tenido más oportunidades que millones de mexicanos
que viven en lo que llamó “este México quebrado por el dolor de la injusticia y
la desigualdad”.
“Esta minoría selecta, esta elite tiene una
responsabilidad enorme con su generación, con nuestro tiempo”, les dijo.
Recordó las crisis económicas, durante las cuales
muchos construyeron fortunas.
Apeló a esa minoría selecta a “mover al país en una
dirección distinta al lamento eterno“.
Los pecados de las élites, dijo, “son hacer política
sin principios, hacer comercio sin moral y hacer oración sin sacrificio”.
Los convocó a heredar a la próxima generación “algo en
que creer, a creer en algo, a creer en México, que es lo único que tenemos”.
A juicio de este espacio, fue una definición
ideológica, más cercana a los postulados de la doctrina social cristiana que a
la derecha empresarial enquistada en el PAN desde 1983.
A muchos les urge atestiguar acciones enérgicas del
Presidente; pero es una desmesura, pues la visión ideológica tiene que lidiar
con la realidad política, social y económica de la República.
Esa visión parece haber convencido a Los Pinos que el
pacto federal no puede disolverse en aras de un neoliberalismo mal entendido,
porque la solidaridad es la base del pacto federal.
Y mucho habrá que rectificar.
Habrá que rectificar el “adelgazamiento” del Estado
que le ha dejado indefenso ante los poderes fácticos.
Quizá por eso aprobó la reforma electoral impulsada en
el Congreso. No porque esté de acuerdo con diluir el Ejecutivo en beneficio del
Legislativo, sino porque le permite negociar con los medios desde una posición
de fuerza. Pero no irá más allá, porque un buen general tiene que saber cuando
la victoria está cerca; más también cuando esta es inviable y podría ser
pírrica.
De alguna manera el discurso del Presidente Calderón
es el parteaguas en la tendencia a desmantelar todas las redes de solidaridad
social y económica construídas durante casi 60 años de gobiernos priístas.
Las instituciones, pensamos, se adaptarán a las nuevas
circunstancias, pero es posible que, si de Los Pinos depende, el proceso de
debilitamiento del Estado Mexicano haya llegado a su fin.
Algunas de las ideas planteadas por el Presidente
Calderón son una alerta: el riesgo que para la estabilidad social y económica
representa la brutal desigualdad y los vergonzosos niveles de pobreza de
grandes sectores de la población.
No se traducirá ese giro ideológico de Calderón en
medidas espectaculares, pero si en graduales modificaciones a los principios
neoliberales que no han propiciado el crecimiento y si han agravado los viejos
problemas mexicanos.
La primera batalla la tendrá que dar el Presidente en
el PAN, no para erradicar la influencia de la derecha empresarial, pero si para
impedir que se convierta en obstáculo para su gestión de gobierno.
Ese es el primer reto.
La segunda batalla, y quizá la más importante, es
enfrentar a los grandes simplificadores de una izquierda radical cuyos
liderazgos no se han adaptado a las realidades del México del siglo 21, por
seguir atrapados en las telarañas de hace 40 años.
De cómo enfrente la apuesta hecha por la izquierda
radical dependerá el éxito de su gestión.
Y paradójicamente, de vencer a la izquierda radical
depende avanzar en el combate a la desigualdad y la pobreza.