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 Con el café

 

(Edición de Fin de Semana)

 

Por: José Fonseca

 

Año 4

30 de Septiembre de 2007

Número 164

 

GIRO IDEOLOGICO

El discurso del pasado viernes 21 de septiembre, pronunciado por el Presidente Felipe Calderón, ha producido reacciones diversas, muchas contradictorias, y las naturales especulaciones e interpretaciones acerca de quiénes eran los destinatarios del mensaje presidencial, improvisado, por cierto, no escrito.

Esta, claro, es una interpretación más, la cual confiamos consiga cuando menos provocar reflexiones entre nuestros lectores cibernéticos.

En principio recordó a su auditorio -300 importantes personalidades de casi todas las actividades-, que junto con otros miembros de las élites empresariales, políticas y sociales de la República, son privilegiados, porque han tenido más oportunidades que millones de mexicanos que viven en lo que llamó “este México quebrado por el dolor de la injusticia y la desigualdad”.

“Esta minoría selecta, esta elite tiene una responsabilidad enorme con su generación, con nuestro tiempo”, les dijo.

Recordó las crisis económicas, durante las cuales muchos construyeron fortunas.

Apeló a esa minoría selecta a “mover al país en una dirección distinta al lamento eterno“.

Los pecados de las élites, dijo, “son hacer política sin principios, hacer comercio sin moral y hacer oración sin sacrificio”.

Los convocó a heredar a la próxima generación “algo en que creer, a creer en algo, a creer en México, que es lo único que tenemos”.

A juicio de este espacio, fue una definición ideológica, más cercana a los postulados de la doctrina social cristiana que a la derecha empresarial enquistada en el PAN desde 1983.

A muchos les urge atestiguar acciones enérgicas del Presidente; pero es una desmesura, pues la visión ideológica tiene que lidiar con la realidad política, social y económica de la República.

Esa visión parece haber convencido a Los Pinos que el pacto federal no puede disolverse en aras de un neoliberalismo mal entendido, porque la solidaridad es la base del pacto federal.

Y mucho habrá que rectificar.

Habrá que rectificar el “adelgazamiento” del Estado que le ha dejado indefenso ante los poderes fácticos.

Quizá por eso aprobó la reforma electoral impulsada en el Congreso. No porque esté de acuerdo con diluir el Ejecutivo en beneficio del Legislativo, sino porque le permite negociar con los medios desde una posición de fuerza. Pero no irá más allá, porque un buen general tiene que saber cuando la victoria está cerca; más también cuando esta es inviable y podría ser pírrica.

De alguna manera el discurso del Presidente Calderón es el parteaguas en la tendencia a desmantelar todas las redes de solidaridad social y económica construídas durante casi 60 años de gobiernos priístas.

Las instituciones, pensamos, se adaptarán a las nuevas circunstancias, pero es posible que, si de Los Pinos depende, el proceso de debilitamiento del Estado Mexicano haya llegado a su fin.

Algunas de las ideas planteadas por el Presidente Calderón son una alerta: el riesgo que para la estabilidad social y económica representa la brutal desigualdad y los vergonzosos niveles de pobreza de grandes sectores de la población.

No se traducirá ese giro ideológico de Calderón en medidas espectaculares, pero si en graduales modificaciones a los principios neoliberales que no han propiciado el crecimiento y si han agravado los viejos problemas mexicanos.

La primera batalla la tendrá que dar el Presidente en el PAN, no para erradicar la influencia de la derecha empresarial, pero si para impedir que se convierta en obstáculo para su gestión de gobierno.

Ese es el primer reto.

La segunda batalla, y quizá la más importante, es enfrentar a los grandes simplificadores de una izquierda radical cuyos liderazgos no se han adaptado a las realidades del México del siglo 21, por seguir atrapados en las telarañas de hace 40 años.

De cómo enfrente la apuesta hecha por la izquierda radical dependerá el éxito de su gestión.

Y paradójicamente, de vencer a la izquierda radical depende avanzar en el combate a la desigualdad y la pobreza.

 

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