La semana estuvo salpicada por las mismas
declaraciones desmesuradas, por las rencillas entre el gobierno federal y el
gobierno del Distrito Federal y, claro, por el escándalo provocado por la
imprudencia de Vicente Fox y su esposa Marta.
Sin embargo, recibe poca atención de los medios la
labor que se desarrolla en el seno de la comisión para la reforma del Estado.
Ahí, se preparan nuevas sorpresas para la sociedad
mexicana.
Con cierta torpeza, los diputados priístas lanzaron
por delante la propuesta de implantar en México un sistema
semipresidencialista. La tentación que en este espacio cibernético se ha
señalado.
La propuesta es la siguiente: convertir al Presidente
de la República sólo en el Jefe del Estado, sin facultades ejecutivas, una
figura decorativa, pues.
Al Presidente, de cualquier manera se le elegiría en
la votación sexenal; pero luego quien resultara elegido tendría que proponer
una terna al Congreso, de la cual los legisladores escogerían al Jefe de
Gobierno.
El poder que ahora tiene el Ejecutivo, en
consecuencia, pasaría al Legislativo.
Eso nos llevaría a un sistema semipresidencialista o
semiparlamentario.
Esa opción ya se baraja en las reuniones de la reforma
del Estado. Proviene de un importante grupo de miembros del Instituto de
Investigaciones Jurídicas de la UNAM y de otros intelectuales influidos por la
cultura política europea.
El argumento más socorrido de esta propuesta es que se
crearían mejores condiciones para que haya acuerdos entre las fuerzas políticas
representadas en el Congreso, menos confrontaciones como las actuales.
Sorprende que muchos senadores panistas se hayan
entusiasmado con la propuesta, pues se subordina al Ejecutivo, al Presidente de
la República, a la autoridad del Congreso.
Sorprendería aún más que el Presidente Calderón
aceptara tal iniciativa, por las consecuencias que tendría en el ejercicio del
poder presidencial.
En esencia se trata de iniciativas cuyo objetivo es
provocar una ruptura del equilibrio entre los Poderes de la Federación, una
desaparición de la división de poderes que hoy están determinados en la
Constitución.
El parlamentarismo ha sido analizado por agudos
estudiosos, particularmente porque representa a un sistema político resultante
de una larga tradición cultural y política, tradición que en México no existe.
Si de forzar acuerdos entre las fuerzas políticas se
trata, habría una solución más simple, menos complicada, una solución que no
trastoca la constitucional división de poderes de la República.
Bastaría con aprobar la reducción de legisladores, con
la desaparición de las representaciones proporcionales en la legislatura
nacional y en las legislaturas locales. Y luego restablecer la reelección de
legisladores y, si se quiere, de presidentes municipales.
Con la reelección, serían los votantes quienes
obligarían a las fuerzas políticas a ponerse de acuerdo. Aquellos legisladores
que fueran persistente obstáculo para los acuerdos, simplemente no serían
reelegidos.
Así, el poder se entregaría a los votantes.
La reelección de legisladores significaría también la
institucionalización de la rendición de cuentas.
Los legisladores tendrían que convencer a sus
electores de que en verdad los representan, si quieren reelegirse.
Y las leyes responderían más a los intereses de los
ciudadanos que a los de los grupos políticos que, en la situación actual, sólo
se reciclan a sí mismos, sin tomar en cuenta a los electores.
Y, sobre todo, se evitaría un sistema político que
culturalmente no corresponde a la idiosincrasia nacional y que al imponerse
desde las cúpulas de las élites políticas estaría condenado al fracaso.