El mensaje enviado por Juan Camilo Mouriño al
Presidente Calderón bien pudo parafrasear a los astronautas del Apolo 13:
“… Tenemos un problema”
Los acuerdos para las reformas fiscal y electoral han
empezado a derretirse.
De una parte, la reforma fiscal ha sido asediada por
los grupos de interés, reacios a contribuir más al erario federal. De la otra,
enfrenta las inconsecuencias de la cerrazón política.
No ha corrido con mejor suerte la reforma electoral.
Cuyas virtudes -que las tiene-, han sido oscurecidas por las vendettas
políticas y por los prejuicios ideológicos que parecen conducir al Senado de la
República a un choque frontal con la industria de la radio y la televisión.
La reforma fiscal será notoriamente insuficiente. Los
eventuales 100 mil millones de pesos que obtenga el gobierno del Presidente
Calderón resultarán onerosos en términos políticos, porque el régimen enfrenta
una ofensiva en varios frentes.
Para empezar enfrenta al rijoso dirigente nacional del
PAN, más preocupado por los limitados horizontes electorales que por respaldar
a un Presidente panista.
Como hace mucho tiempo dijera Diego Fernández de
Cevallos: al PAN no le han avisado que ganaron la Presidencia. Eso explica su
persistencia en comportarse como partido de oposición.
Y, más grave aún, el afán divisionista, resultado de
las limitadas capacidades políticas de Espino, puede alejar el horizonte de una
eventual mayoría panista en el Congreso y crearle un obstáculo mayor a la
gestión calderonista.
En el otro extremo está Andrés Manuel López Obrador.
El ex candidato presidencial del PRD ha rondado por la
provincia, con cotidianos y cada vez más groseros e insultantes ataques al
Presidente Calderón.
Sabe López Obrador que las reformas electoral y
fiscal, particularmente la segunda, le ofrecen una oportunidad que podría no
volver a presentársele en el sexenio.
Por eso ha incluido en su agenda personal su aparición
en la Cámara de Diputados, donde se reunirá con los legisladores perredistas y
petistas. Los regañará, los amagará y los azuzará para tomar la tribuna del
Palacio Legislativo.
A los legisladores perredistas y petistas,
particularmente a los primeros, les será difícil resistir las presiones de
López Obrador.
Acorralados, no tendrán otro remedio que reventar el
debate por la reforma fiscal.
En la estrategia de López Obrador no importa que los
votos del PAN y del PRI permitan la aprobación de dicha reforma. Lo importante
es que le dará otra vez la ocasión de ubicarse en el centro de la atención
pública. Y repetir sus recetas de campaña, tanto económicas, como sociales.
Para López Obrador esta incursión significa la
oportunidad de relanzar su presencia, sin importar que su inconsecuencia
provoque nuevas derrotas electorales para el PRD.
Hasta sus más fieles seguidores reconocen que la ruta
tomada por su ex candidato presidencial puede significar la difuminación
electoral.
Es una lástima que López Obrador no haya evolucionado
y responda todavía a sus instintos de luchador social, como él se califica a sí
mismo, porque eso le impide alcanzar el nivel de liderazgo que necesita, que le
urge a la izquierda mexicana, gran parte de la cual se ha empezado a dispersar.
El otro problema para el Presidente Calderón es que
aún no convence ni a su partido, ni a muchos de sus colaboradores, quizá ni a
sí mismo, de que un Presidente de la República no puede gobernar sin un
partido, y si su partido no tiene la mayoría en el Congreso, no puede gobernar
sin aliados.
Y en política, a los aliados se les acepta como son,
sin juzgarlos.