El PRD está por dar por concluido su Décimo Congreso
Nacional, en el cual las conclusiones son el resultado de una farragosa y
agitada negociación entre las corrientes de Nueva Izquierda y los fieles al
lopezobradorismo.
Se han hecho innumerables análisis negativos sobre
este congreso, quizá demasiados, más con el afán de desacreditar a la oposición
que representa el PRD.
Es una realidad la disminución visible de presencia
electoral. Desde las elecciones de gobernador de Tabasco el año pasado, el PRD
no ha conseguido avances electorales, por el contrario, en la mayoría de los
casos ha retrocedido.
Mas también es un hecho real que ocupan seis
gubernaturas, son la segunda fuerza legislativa en la Cámara de Diputados y la
tercera en el senado, además de ocupar más de 400 alcaldías en toda la
República. No se trata pues de una fuerza menor, desechable.
Se magnifica el ser del perredismo. Son conflictivos,
polémicos, rijosos y sus asambleas son el paradigma del desorden y el caos.
Pero no pueden exagerarse las divisiones. Sobre todo,
porque al final del Congreso Nacional ha quedado claro que no están dispuestos
a llevar al partido a la fractura, aunque sea por simple instinto de
sobrevivencia política.
El abrazo con que sellaron el sábado su tregua Jesús
Ortega, líder de la corriente mayoritaria, y Alejandro Encinas, visto como
aliado de López Obrador, muestra como al final de la jornada se impuso la
cordura, aunque las crónicas pretendan desacreditar esa alianza que no por
temporal es fundamental en este momento del PRD.
Por supuesto que tendrán que seguir lidiando con su ex
candidato presidencial, porque Andrés Manuel López Obrador se ha convertido en
una figura singular en más de un sentido.
Él va por su propio camino y quiere que todos le
sigan. Aquellos que no lo hagan, ya han sido condenados como “izquierda
legitimadora que es como una derecha simulada”.
No es cierto que perdió la corriente de Nueva
Izquierda, como tampoco lo es que lo ganó todo López Obrador.
No hubo la autocrítica que los analistas de los medios
le exigían al perredismo, porque habría sido como desechar a su ex candidato
presidencial. Y, la verdad sea dicha, López Obrador ha realizado la hazaña de
que por primera vez un candidato presidencial derrotado mantenga una influencia
importante en su partido, en los medios y en general en la escena política
nacional. Eso nunca había ocurrido.
A pesar de que no hubo autocrítica como se las
exigían, los perredistas reconocieron muchos errores. Nada más lapidario que
aceptar que durante el proceso de la elección presidencial “hubo exceso de
confianza”. Ahí en el Congreso perredista se dijo que para muchos partidarios
de López Obrador “la elección era un mero trámite, porque tenían el triunfo en
el bolsillo”. Y quedó flotando la pregunta de si acaso el tabasqueño no pensaba
exactamente lo mismo.
La disputa no fue lo encarnizada que tantos esperaban,
a pesar de los desórdenes. Hubo una transacción, de otra manera no se explica
que, a la vez que se acuerda fortalecer la institucionalidad, se acuerda apoyar
todas las movilizaciones y manifestaciones sociales. El dilema de trabajar
dentro de las instituciones y simultáneamente en las calles sigue sin resolver.
Así de fuerte es la figura de López Obrador. Pero
también se vuelve vulnerable si se cierra a otras opciones de acción política
que tiene el partido.
Seguirle apostando a las giras con las que “pueblea”,
es apostarle a la difuminación electoral, pues los más experimentados
estrategas y operadores de campañas electorales sostienen que para ganar una
elección nacional basta con obtener una sustancial mayoría en 100 ciudades de
la República. Y en algunos Estados basta con ganar en dos o tres ciudades.
Así pues, la suma de “pueblos” que parece ser el
camino de López Obrador está condenada al fracaso.
Como sea, el próximo marzo los perredistas elegirán a
su nuevo dirigente, al sustituto de Leonel Cota. El acuerdo del Congreso
Nacional para que en ese proceso voten sólo los perredistas registrados le da
ventaja a Jesús Ortega y a Nueva Izquierda.
Una vez elegido su nuevo dirigente, el reto del PRD
será cómo construir una presencia en el Bajío y en el Norte de la República,
donde los recientes comicios lo han convertido en una fuerza electoral
marginal.
Esa es la tarea, porque de otra manera corren el
riesgo de que para las elecciones legislativas federales del 2009 pierdan su
carácter de segunda fuerza electoral.