La semana que termina estuvo marcada por las marchas y
contramarchas de los panistas, esforzándose por impedir que su Asamblea
Nacional provocara una fractura en el partido.
Como se había previsto en este espacio, en la elección
de consejeros los calderonistas consiguieron una mayoría, con lo cual podrán
influir en la elección del sucesor de Manuel Espino el próximo marzo de 2008.
De los once cambios estatutarios que se proponía hacer
aprobar el grupo de Espino se aprobaron sólo siete, y con una oportuna ruptura
del quórum de la Asamblea Extraordinaria se impidió siguiera que se discutiera
lo de los candidatos externos y sobre todo la idea -absurda desde la
perspectiva de la mayoría de los panistas- de que a sus candidatos los elijan
todos los ciudadanos, no sólo el panismo como hasta ahora.
Todos los medios celebran esta mañana dominical lo que
consideran un triunfo de Felipe Calderón.
Es cierto, ganó Calderón, pero al estilo muy singular
del PAN. Los adversarios del Presidente no han sido aplastados, tienen sus
espacios y formarán parte de los debates internos, de acuerdo a una tradición
dolorosamente aprendida por el PAN, después de las fracturas sufridas hace poco
más de veinte años.
Como sea, se queda pendiente el gran tema: ¿cómo será
la relación del PAN con el gobierno panista de Felipe Calderón?
Es una tristeza que las frivolidades de todo un
sexenio no hayan permitido al PAN resolver el dilema. Después de todo ya tienen
siete años gobernando a la República.
En tanto no lo resuelvan, continuará un desgaste que,
a pesar de algunos ligeros análisis, todavía no se reflejará en su totalidad en
las elecciones locales de este 2007, pero si le abren al partido un flanco
sobre el cual operan todos los partidos de oposición.
Si los panistas no entienden que al cumplir medio año
en la Presidencia Felipe Calderón aún está acosado por la oposición, entonces,
como diría Jardiel Poncela, hay que dejarlos por imposibles.
A quienes también hay que dejar por imposibles son a
todos los que se han dejado arrebatar otra vez al debate del aborto.
Otra vez la desmesura y las descalificaciones.
Más allá del significado ideológico de este debate,
quizá deberíamos reconocer que están a prueba las convicciones democráticas de
todos, de los partidos, de los legisladores locales y nacionales, y, sobre
todo, de todos aquellos que desde los medios de comunicación contribuimos a
envenenar el ambiente.
En este espacio creemos en los valores democráticos.
No es la primera ocasión -y seguramente no será la
última- que apelamos al espíritu de tolerancia, sin el cual la democracia se
vuelve una farsa.
Es lamentable que muchos que tienen el espacio para
comunicarse con los ciudadanos no privilegien el valor de la tolerancia.
A ellos, particularmente, por su influencia en la
formación de la opinión pública, habría que dejarles unas preguntas:
¿Tienen derecho a existir en la vida pública nacional
quienes tienen un pensamiento que, con ligereza, es calificado como
conservador?
Si, como dicen, el ombudsman José Luis Soberanes
interpuso una controversia contra la ley del aborto, a partir de sus
convicciones religiosas, ¿cuál es la diferencia con aquellos que, como el
ombudsman del DF Emilio Alvarez Icaza, por convicciones también personales se
negó a interponer una controversia constitucional?
¿Quién nos da el derecho a decidir cuáles convicciones
son buenas y cuáles son malas?
En la vida pública de la República ese derecho sólo lo
tienen los ciudadanos cuando votan.
Si hubiera más tolerancia democrática, no habría
tantos linchamientos en los medios de comunicación.