La semana que termina ha sido una difícil para el
gobierno del Presidente Felipe Calderón.
De pronto se multiplican las presiones sobre Los
Pinos.
Los detonadores han sido la persistente resistencia de
grupos opositores a la ley del ISSSTE, la batalla por conseguir que la Suprema
Corte de Justicia falle a favor de uno u otro bando en el caso de la
constitucionalidad de la ley de medios, mal llamada “ley televisa”, la
resistencia amorfa, pero constante, a los operativos militares contra el crimen
organizado, y, como dicen los norteamericanos, last but not least, la batalla a que se ha visto obligado el
Presidente con las fuerzas de su partido, desde la perspectiva que para sus
adversarios en una lucha por el alma del PAN.
Es ahora cuando el Presidente Calderón podrá comprobar
el temple de sus colaboradores, algunos de los cuales están siendo el blanco de
una ofensiva político mediática.
Mas también enfrenta el Presidente la rabiosa reacción
del Congreso por el fallo de la Suprema Corte de Justicia, fallo que no
autoriza al Senado a aprobar las designaciones de los comisionados de la
Comisión Federal de Competencia.
Esta reacción forma parte de una batalla a más largo
plazo, una batalla emprendida por el Congreso para alterar el equilibrio de
poderes convirtiendo a diputados y senadores en el poder real de la Federación.
Es la única explicación, porque nadie cree la coartada de que a los ciudadanos
les interesa cómo se integre la Comisión Federal de Competencia. A la mayoría
de los ciudadanos, en realidad, les importa un comino esa comisión. Es un
forcejeo de poder a poder.
Lo importante de todo esto, es que los intereses
políticos y económicos parecen estar muy interesados en que fracase el
Presidente Calderón.
Eso sí debe preocupar. Pues aunque no se comparta la
ideología de Felipe Calderón, es una insensatez y una verdadera agresión a la
Nación desearle un fracaso.
En las actuales circunstancias, si al Presidente
Calderón le va mal, nos irá mal a todo, peor de lo que los más pesimistas
imaginan.