Ha sido una semana de agitación para el gobierno del
Presidente Felipe Calderón. Una semana seguramente esclarecedora para muchos de
sus colaboradores, quienes de pronto se dan cuenta que están a punto de cumplir
medio año en el gobierno y aún no se terminan de concretar muchos de los
proyectos.
En el campo político, es el Presidente Calderón quien
dirige las acciones, porque se requiere de una delicada operación que le
permita lograr alianzas, aunque sean coyunturales, pero que le ayuden a hacer
avanzar sus iniciativas legislativas.
Esa alianza sólo es posible con el PRI porque, después
de la reunión perredista de esta semana, fue evidente que, aunque ya tiene
López Obrador resistencia en el PRD, todavía el partido sigue atrapado en las
redes de su ex candidato presidencial. Nadie se atreve a enfrentarlo.
Mas esa alianza con el PRI de alguna manera compromete
al Presidente a ser, cuando menos, mucho más discreto en el apoyo a los
candidatos en las elecciones locales de este año. Eso le acarreará el disgusto
de algunos panistas, pero es un precio que el Presidente parece dispuesto a
pagar.
Después de todo, a juzgar por lo conseguido hasta
ahora, la operación dirigida desde Los Pinos para darle al Presidente la
mayoría en el Consejo Nacional del PAN le permitirá a Felipe Calderón una
relación más cómoda con su partido.
Hay quienes ven con escepticismo el enfrentamiento con
Vicente Fox y Manuel Espino. Esos escépticos alegan que Fox y Espino le hacen
el trabajo sucio al Presidente Calderón en materia de política exterior. Sólo
el tiempo permitirá comprobarlo.
Como sea, real o no, el manejo mediático del asunto le
ha permitido al Presidente Calderón socavar aún más las imágenes de Fox y
Espino. Lo cual en sí constituye una enorme ventaja.
Tiene mucho otros pendientes el Presidente, muchos
fierros en la lumbre.
Está la lucha contra el narco, una batalla que tiene
que ser a largo plazo, pero que a juzgar por las reacciones de sectores
importantes de opinión, las élites políticas y sociales de México no poseen la
firmeza de carácter para una batalla de largo plazo. Ni siquiera una batalla
para defender al Estado.
Es una realidad la necesidad de revisar los planes
para el combate al narco, porque si bien mediáticamente el Presidente mantiene
el respaldo de la mayoría de los ciudadanos, también es cierto que quienes le
apuestan al fracaso del régimen calderonista seguirán socavando la lucha
antinarco.
Y en estos tiempos revueltos será difícil precisar si
el origen de esa oposición tenaz es solamente ideológico.
También es cierto que el equipo presidencial ha
descubierto que el tema de la lucha antinarco no puede ser sólo una batalla a
favor de la imagen presidencial. La reacción de las bandas criminales les ha
demostrado que la batalla es más importante. Y quizá sólo el Presidente
Calderón lo ha entendido, pues en esta semana que termina ya aclaró que es
posible que la lucha deba mantenerse todo el sexenio.
Difícil tarea, cuando hay tantos enemigos infiltrados
en la sociedad.
Y quedan muchos pendientes. No se ha iniciado la ya
presupuestada inversión en infraestructura, la cual se supone detonaría de
alguna manera la economía.
Y está el nuevo escándalo de Pemex, manejado
mediáticamente por los colaboradores más cercanos del Presidente, pero cuya
finalidad parece ser debilitar a uno de los sindicatos más poderosos y ricos,
al sindicato petrolero. Quizá en su agenda no han calculado que aún no está tan
fuerte el régimen calderonista como para emprender batallas contra el
sindicalismo, por más que escuchen las voces desde las torres de marfil de la
academia para que le pongan fin al “corporativismo”.
Como dato final, estimado lector cibernético, vea
usted con sospecha todas esas apasionadas defensas de “la pluralidad y lucha
antimonopólica” de quienes le exigen a la Suprema Corte de Justicia declare la
inconstitucionalidad de la mal llamada “ley Televisa”.
Es posible, como dicen tantos e ilustrados personajes,
que México padezca a un duopolio televisivo, pero también lo es que en esa
batalla por la opinión pública que se ha entablado en los medios, están los
intereses de muchos empresarios de medios de comunicación interesados en crear
sus propios y poderosos consorcios de radio y televisión.
Con mayor sospecha hay que ver esa aparentemente
“heroica” lucha contra los monopolios radiofónicos y televisivos, porque su
finalidad es debilitar a los consorcios mexicanos de radio y televisión, para
dejarlos vulnerables ante los más poderosos consorcios multinacionales.
Esa “batalla contra los monopolios” sirve a los
intereses extranjeros, particularmente norteamericanos que quieren apoderarse
de la radio y la televisión mexicanas.
Es una batalla falsa, porque la tendencia mundial es a
la concentración de medios, en grandes consorcios que agrupan medios escritos y
electrónicos.
Y pulverizar las concesiones de radio y televisión
mexicanas dejaría a los concesionarios indefensos ante los consorcios
multinacionales que ya controlan la información mundial.