Hasta ahora hay indicios de que los adversarios del
Presidente Felipe Calderón han subestimado su capacidad política.
La subestimó el ex candidato presidencial del PRD,
Andrés Manuel López Obrador, quien sigue empeñado en construir su personal
estructura política nacional, mediante la cual aún confía en poder acumular la
suficiente fuerza como para ser un contendiente serio a la Presidencia de la
República.
El quehacer diario del Presidente Calderón ha
conseguido debilitar la figura del tabasqueño, a tal grado que, si López
Obrador no rectifica, corre el riesgo de convertirse con el tiempo en alguien
tan irrelevante como el “subcomandante Marcos”.
Subestimaron la capacidad política del Presidente los
grupos panistas que creyeron poderlo aislar como lo hicieron con el ex
Presidente Vicente Fox. Lo desafiaron y poco a poco se debilita la resistencia
en el PAN. Y, de alguna manera, parece que el Presidente está consiguiendo su
objetivo de que su partido sea un aliado.
Ha logrado también el Presidente Calderón negociar
adecuadamente con el priísmo representado en el Congreso, en una alianza que no
por coyuntural es menos importante para la agenda legislativa presidencial.
Pero todavía falta mucho para que consolide su
Presidencia.
Porque necesita tener aliados más comprometidos, menos
circunstanciales y menos volubles.
Ahora, y en lo que resta del año, el Presidente
Calderón enfrentará la ofensiva de los grupos que con la bandera del
liberalismo intentarán socavar su base política.
Parte de esa ofensiva es debilitar a los aliados del
Presidente.
Entre esos aliados a quienes se busca debilitar está
la Iglesia Católica, cuyo conservadurismo está sujeto a diarios
cuestionamientos de los grupos poderosamente asentados en los medios.
Y pronto se buscará debilitar a los empresarios que se
aliaron con Calderón, con la finalidad de restarle margen de maniobra.
El objetivo de toda esa ofensiva que revive el añejo y
polvoso conflicto entre conservadores y liberales es aislar al Presidente.
En ese objetivo trabajan tanto grupos del PRI, como de
la izquierda.
Algunos suponen que el quehacer de un Presidente
panista busca desmantelar al Estado Laico, alentados por las torpezas que desde
el PAN y desde el gobierno cometen algunos colaboradores y correligionarios del
Presidente.
Es posible que subestimen el arraigo que tiene entre
los ciudadanos comunes y corrientes el concepto de separación Iglesia Estado.
Allá, en las calles, en los hogares y la oficina, la
gran mayoría de los mexicanos no se confunde. Allá en la sociedad tienen muy
claro el concepto de al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Es un sector de la sociedad, liberales auténticos y
falsos, izquierdistas sinceros e izquierdistas confundidos por el relativismo,
quienes se sienten amenazados.
El problema esencial no la recreación del viejo y
polvoso conflicto entre conservadores y liberales, sino que en la falsa
polémica estimulada por muchos medios y muchos comunicadores se multiplican los
mensajes de odio y rencor, disfrazados de libertad de pensamiento.
Y desde ambos extremos de la falsa polémica se
estimula la intolerancia.
Muchos están en la polémica de buena fe, pero quienes
son sus auténticos promotores, más que prejuicios ideológicos, ocultan
propósitos políticos, con el objetivo de contrarrestar al Presidente de la
República y poder disputarle con mejores posibilidades de éxito el control del
Congreso dentro de dos años.
Los que promueven la polémica saben lo que quieren.