Aunque parezca ingenuo, uno desea que la Semana Mayor
haya servido para una reflexión entre las élites políticas y económicas de la
República, una reflexión cuyo resultado fuera una determinada voluntad para
fijarse objetivos a largo plazo.
En este espacio hemos insistido en que el diálogo
entre las élites económicas y políticas tendría que ser sobre ese gran tema:
¿qué México queremos para la siguiente generación?
Desafortunadamente, cada grupo de las élites tiene su
propia agenda, sea política, ideológica o política.
En esa agenda no figura ningún sacrificio.
El diálogo se ha convertido en algo imposible, cuando
se trata de objetivos a mediano y largo plazo, porque alcanzar esos objetivos
significa que cada uno de los grupos de las élites de la República tiene que
sacrificar algo.
Y nadie quiere sacrificar nada. Todos quieren que los
demás paguen el costo del desarrollo, que los demás paguen el costo del combate
a la inseguridad, o los costos de combatir la desigualdad y la pobreza.
Por eso la República se ve inmersa en debates de
coyuntura, en debates por temas de corto, cortísimo plazo.
La incapacidad para que las élites de la República
coincidan en objetivos de largo plazo para la Nación es posiblemente la mejor
muestra de que la democracia liberal se les ha atragantado.
Nos gusta disfrutar de las libertades que ofrece la
democracia liberal. Más aún, queremos más libertades.
Pero nadie habla de responsabilidades.
Nadie de las élites políticas y económicas asume su
responsabilidad en los males que afligen a las mayorías de la República.
Es más cómodo, como en las horas más tristes de
México, enfrascarnos en discusiones que nada resuelven, en debatir temas que,
al final de la jornada, no resuelven la desigualdad y la pobreza.
Quizá, como tantos pregonan, vivimos ya en una
democracia; pero lamentablemente te confirma aquella definición del difunto
Carlos Castillo Peraza: “… somos una democracia sin demócratas”.