La semana significó el primer éxito de una operación
política del gobierno de Felipe Calderón: la reforma del ISSSTE.
La reforma, como se dijo en este espacio, no es la
mejor, pero es la posible por ahora.
No obstante, sigue la polémica por la iniciativa para
despenalizar el aborto en el DF.
La iniciativa, más allá de sus implicaciones morales,
religiosas o de salud pública, es simplemente, como ya se dijo en este espacio
cibernético, una provocación política al gobierno panista de Felipe Calderón.
Hay muchos grupos, en los partidos y en los medios,
decididos a llevar al gobierno de Calderón a una confrontación con posiciones
presuntamente progresistas.
Algunos, como los partidos del Frente Amplio
Progresista, intentan utilizar dicha propuesta para revivir la división que en
la sociedad provocaron las elecciones presidenciales, para oxigenar el
movimiento de Andrés Manuel López Obrador.
Otros, como los priístas, han recuperado un discurso
viejísimo, el de los liberales contra los conservadores.
Y de pronto se ha vuelto políticamente correcto
declararse anticatólico, con el mismo lenguaje de hace medio siglo.
Para el priísmo es una torpeza, porque no sólo
confrontan a la Iglesia Católica, sino a la segunda religión más importante de
la República, las iglesias evangélicas.
Con gran miopía se pretende revivir la lucha entre
conservadores y liberales de hace 150 años. Un salto hacia atrás en la
historia.
FUEGO
¿AMIGO?
La confrontación del CEN del PAN con el gobierno del
Presidente Calderón ha sido mal interpretada por muchos.
Sí es la disputa por el control del Consejo Político
Nacional, porque de ahí depende la elección del sucesor de Manuel Espino.
Sí es la burda respuesta de Vicente Fox y Martha
Sahagún de Fox a los intentos del Presidente Calderón de hacer que el ex
presidente se mantenga al margen de la política.
Es una batalla que, si procede Calderón con
inteligencia, seguramente ganarán Los Pinos.
No se trata, como con simplismo se ha intentado
explicar, de la disputa del ya famoso Yunque. Esas versiones del Yunque son una
expresión del fanatismo de algunos para quienes su anticatolicismo se ha
convertido en una obsesión, sin medir las consecuencias de convertir las
pragmáticas disputas políticas en guerra religiosa.