Ha sido una semana de aparentes esfuerzos por alcanzar
acuerdos en el Congreso. Aparentes, porque al final se imponen los prejuicios
partidistas.
También ha sido una semana en la cual ha quedado en
evidencia que, desde hace varios años, vivimos una etapa de camaleones
políticos.
Como camaleones que cambian de acuerdo al entorno que
les es favorable, políticos de todos los partidos y todas las tendencias están
con el síndrome de la puerta giratoria. Ahora están a la derecha, mañana al
centro y luego a la izquierda.
Esa actitud camaleónica, es cierto, resulta del
reacomodo de fuerzas que empezó desde que el PRI perdió la mayoría en el
Congreso en 1997 y la Presidencia de la República en 2000, pero ha debilitado
las líneas ideológicas que debieran darle a los ciudadanos opciones claras, no
fórmulas pragmáticas que se elaboran con el único propósito de ganar el poder,
sin proyecto claro de gobierno.
El fenómeno afecta a los tres grandes partidos, en
cuyo seno la lucha por el poder provoca fracturas, las cuales pretenden
trasladar a la sociedad, sin que hasta ahora lo hayan conseguido, salvo en un
sector de la opinión informada.
En el PRD están aún hoy en pleno Consejo Nacional,
donde tratan de lograr un reparto de posiciones que refleje la fuerza y
presencia de cada corriente, pero aún no superan el síndrome López Obrador. El
hecho es que tendrán que seguir atando su destino a su ex candidato
presidencial, porque no tienen a ningún dirigente que posea el carisma del
tabasqueño.
En el PAN, todavía este año tendrán dificultades, pues
falta ver cuántas heridas deja la disputa por el control de su Consejo Político
Nacional, cuya elección se hará dentro de poco más de un mes.
La confrontación entre Espino y el Presidente
Calderón, como ya se dijo en este espacio cibernético, no hay duda que la
ganará el Presidente, pero tiene que evitar que sea una victoria pírrica, de la
cual salga debilitado el partido en el gobierno, pues eso les cambiaría toda la
ecuación electoral.
El PRI podría tener una leve ventaja, si resuelve sin
fracturas la elección de su dirigencia nacional.
El gran reto es que, quien quiera que gane la
Presidencia del CEN del PRI, sea Beatriz Paredes, sea Enrique Jackson, tendrá
que aceptar un rol que por razones de supervivencia tiene que ser de árbitro. El
nuevo Presidente del CEN del PRI tiene que aceptar que su papel es el de
conciliar y reconciliar a las fuerzas que aún ahora se disputan el liderazgo.
Si tiene éxito la próxima dirigencia nacional en esa
tarea, le dará al PRI una mejor oportunidad de recuperar terreno.
Por lo demás, la semana vino a demostrar que poco a
poco el Presidente Calderón se convence de que tiene que forjar alianzas más
allá de su partido. Y hacer esas alianzas tienen que forjarse con pragmatismo,
pues es urgente movilizar económicamente al país, para eludir los riesgos
sociales y políticos de otro sexenio de estancamiento.
En ese proceso de asentarse como Presidente, Calderón
tiene que aceptar que, por mucho interés que legítimamente tenga en el futuro
del PAN, el interés partidista ya no puede ser el motor fundamental de sus
decisiones de gobierno.
Y, de paso, recordar la reflexión de un ex presidente:
“… La palabra del Presidente de la República tiene un
peso específico que no puede minimizarse. Para la mayoría de la sociedad es una
palabra que tiene gran efecto. Por eso, un Presidente de la República no tiene
derecho a improvisar cuando habla en público…”