A una semana de haber prestado protesta ante el
Congreso, el Presidente Felipe Calderón apenas ha dado un esbozo de cuál sería
su estilo personal de gobernar. Es, a juzgar por la señales enviadas durante
esta semana, un estilo muy distinto al de su antecesor.
Es un ejercicio de ociosidad discutir las
personalidades de los miembros del gabinete. Después de todo, si Calderón va a
ser tan exigente como les advirtió, algunos no harán huesos viejos.
En esta semana enfrentó tres circunstancias
particularmente inquietantes.
La primera fue la revelación de hiciera José Gutiérrez
Vivó de una presunta conversación con colaboradores del que fuera equipo de
transición.
La reacción podría haber sido tardía, pues hasta 48
horas después, cuando Carmen Aristegui entrevistó al empresario periodístico en
CNN en Español, se comunicó con él el comunicador de Los Pinos Max Cortazar, en
un intento de controlar los daños.
O quizá fue que lo que digan, escriban y transmitan
los medios nacionales no les interesa particularmente, sólo los medios
internacionales.
Aquí convendría recordar que los medios impresos no
pueden ser tan prescindibles como se cree. En 1994, cuando estalló el
levantamiento del EZLN, a las dos semanas de aquel enero el gobierno federal
tenía ganada la batalla mediática en los medios electrónicos, pero la había
perdido en los medios impresos.
A veces se
afirma que la opinión informada no trasciende más allá de lo que Fox llamó el
círculo rojo. Mas, cuando es suficientemente intensa, suele pernear a muchos
sectores de la sociedad, fuera del círculo rojo.
El otro episodio, éste sí favorable al nuevo gobierno,
fue la detención de uno de los dirigentes de la APPO, del más visible, Flavio
Sosa, lo cual sumado a otras detenciones realizadas por la PFP muestra que, de
alguna manera, el gobierno de Calderón va en serio en eso de imponer el orden
en Oaxaca. A pesar del escándalo de algunos, la mayoría consideró adecuada la
actuación gubernamental.
Luego vino la desafortunada y torpe declaración de un
diputado panista que ha obligado el gobierno de Calderón a defenderse. Es el
caso del presupuesto a las universidades públicas, incluida la UNAM.
La reducción no ha sido suficientemente explicada. Ni
siquiera por las declaraciones de la Secretaria de Educación Josefina Vázquez Mota,
pues sólo son eso: declaraciones, y habrá que conocer las razones para el
recorte presupuestal a las universidades públicas.
No es un asunto menor, porque entre los rectores
universitarios circuló el documento de trabajo elaborado hace ya varios meses
por académicos del ITAM, en el cual sugerían ir sofocando lentamente a la
universidad pública, para crear otro sistema más eficiente y con un programa
eficaz de acceso a becas.
Es un hecho que el gobierno de Felipe Calderón
enfrenta una implacable campaña de desinformación, pues ya han tenido que hacer
muchas aclaraciones, demasiadas para un gobierno tan joven.
La desinformación es por razones políticas, en primer
lugar, pero también por razones económicas.
Para contrarrestar a la desinformación sólo hay un
camino: hablarle con franqueza a la Nación.
En 1995, cuando la economía nacional estaba a punto de
derretirse, el gobierno de Ernesto Zedillo tuvo que tomar medidas muy
drásticas, casi draconianas, para impedirlo.
Lo consiguió, es cierto, pero también es cierto que
Zedillo nunca pintó de rosa el panorama, describió en toda su crudeza la crisis
que amenazaba a la economía mexicana.
Y los factores reales de poder, más allá de los
discursos y las declaraciones banqueteras lo entendió.
Eso le dio a Zedillo un gran margen de maniobra.
Ahora, a juzgar por el austero presupuesto presentado
por el nuevo gobierno para su primer año de administración, el próximo año no
será tan promisorio.
Es posible que no sea tan catastrófico como lo pinta
la oposición.
No lo sabemos. Quizá contaría el gobierno de Calderón
con más respaldo si se le dijera la verdad a la población.
Habría rezongos, pero también se le daría el beneficio
de la duda.
Y, por ahora, eso es lo que necesita el nuevo
gobierno: el beneficio de la duda.