La turbulenta toma de protesta del Presidente Felipe
Calderón no fue sino uno más de los episodios de una transmisión del poder que
estuvo llena de simbolismos.
El más trascendente es que, en los primeros minutos
del uno de diciembre, en el Salón López Mateos de Los Pinos se celebró una
ceremonia, un ritual que, por primera vez, permitió a los mexicanos entender
por fin lo que significa que las fuerzas armadas son los custodios de las
instituciones.
Cuando el ex presidente Fox se despojó de su banda
presidencial, se la entregó a un cadete del Colegio Militar; a su vez, un
cadete le entregó al Presidente Calderón su propia banda presidencial y, como
aún no protestaba su cargo, se la entregó a un oficial para guardarla.
Así, la banda presidencial, símbolo del Poder
Ejecutivo, durante las horas que transcurrieron entre la medianoche y las 9:49
de la mañana del día uno estuvo bajo la custodia de las Fuerzas Armadas.
Una estrategia de diseño castrense les permitió al ex
presidente Fox y al Presidente Calderón burlar el cerco que, en las entradas
principales del Palacio Legislativo de San Lázaro, habían establecido los
perredistas y petistas.
Atropellado, breve, turbulento, pero se celebró el
acto de la toma de protesta.
Y se evitó una crisis constitucional.
Se debe, en primer lugar, a la tozudez de los
legisladores panistas, luego a los priístas que cumplieron con la promesa de
asistir a la sesión de Congreso General para integrar el quórum legal.
Enseguida, se debe a una serie de valores entendidos.
Los perredistas pudieron bloquear la entrada, el
acceso a la tribuna, proclamar a grito abierto su descontento con la elección
del Presidente Calderón y demostrar que hicieron lo posible por impedir la
ceremonia.
De alguna manera, a pesar de las declaraciones
estridentes de panistas y perredistas, nadie perdió.
Sobre todo, no perdieron los ciudadanos, porque no
estalló una crisis constitucional.
No importa lo que se piense de todos los actores, no
importan las estridencias, durante la mañana del uno de diciembre la sensatez y
la prudencia prevalecieron sobre las pasiones políticas.
Se ha consumado el Cambio de Guardia.
Es más que un relevo presidencial. Con el Presidente
Calderón llega al poder una nueva generación de políticos y funcionarios. Es la
generación que sólo conoció las crisis políticas y económicas que agobiaron a
México desde 1975.
Hay en el nuevo gabinete un entreveramiento de
generaciones.
El reto para el nuevo gobierno es alejarse lo más
posibles de los extremos políticos.
El Presidente Calderón, en una situación conflictiva
como la que reconoció existe, no puede darse el lujo del triunfalismo que
invade a muchos de sus simpatizantes.
No sólo a la izquierda hay que pedirle que se
modernice, como lo hiciera Enrique Krauze. También la derecha tiene que modernizarse.
No será fácil gobernar desde el centro, pero Calderón
ha demostrado que no es un Presidente débil, no es medroso.
Mas tiene que ser generoso en la victoria. Tiene que
mostrar que no ve a sus adversarios como enemigos a destruir, pues caería en la
misma actitud de los radicales que lo combaten.
Para lograrlo tendrá que convencer a los duros de su
partido. Y, más difícil aún, atraer a ciertos grupos empresariales al centro
del espectro ideológico, porque hay algunos que preferirían que la izquierda desapareciera.
Calderón sabe que eso no es posible. Al final de
cuentas el rol de una izquierda moderna es impulsar la justicia social.
Y, en un país con la desigualdad y pobreza de México,
la justicia social no puede ser soslayada.
La tarea es difícil, pero no imposible. La nueva
generación que asume el poder sabe que muchos de los problemas actuales son el
resultado de la laxitud del gobierno foxista.
Quizá le bastará con contrastarse.
A Los Pinos volvió el escudo nacional, se fue el
águila mocha.
A Los Pinos tienen que volver la sobriedad, la
decisión, la sensatez.
Pero sobre todo, tiene que volver el coraje político
para hacer lo correcto, lo que el país necesita, lo impopular.