El próximo viernes asume la Presidente de la República
Felipe Calderón y asume también la conducción de un México excepcionalmente
inquieto, particularmente confundido, y con un creciente disgusto con los
partidos y los políticos.
A pesar de los pesares, al inicio de todo sexenio, de
alguna manera, se renueva la esperanza de los mexicanos. Ahora no es así.
El país ha sido colocado en una encrucijada por las
torpezas del gobierno que termina, un gobierno que, a su manera, ha sido casi
fiel espejo de la iracundia de un adversario cegado por la ambición.
Las decisiones, a partir del viernes, habrá de
tomarlas Felipe Calderón.
Es ocioso ocuparse del sexenio que termina, o
satanizar a un Presidente Fox que concentró al inicio de su mandato tantas
expectativas. Simplemente no supo qué hacer con el mandato.
Es posible que para el nuevo Presidente, para Felipe
Calderón, esta hora, que él ha llamado una hora dramática para México, la
crisis política sea, como suele decirse una oportunidad.
Las circunstancias, las opiniones críticas, el
desencanto y la frustración hacen que la población tenga en realidad bajas
expectativas del nuevo gobierno.
Eso le da a Calderón un amplio margen de maniobra
política y de gestión gubernamental.
Para aprovechar la oportunidad, el nuevo Presidente
debe simplemente contrastar su comportamiento con el de su antecesor.
Si, a diferencia del Presidente Fox, el Presidente
Calderón empieza a demostrar interés en la rigurosa coordinación y disciplina
de su equipo. Si controla el temperamento y cada acción es el resultado de la
reflexión, es posible que pueda acreditar su Presidencia antes de lo que muchos
piensan.
México está inquieto por la violencia de la
delincuencia organizada y por el desorden sembrado por sus adversarios
políticos.
Esa inquietud la puede enfrentar con el diálogo, pero
también con la simple aplicación de la ley.
Porque, no importa lo que tantos analistas opinen, lo
que importa a la mayoría de la población es poder vivir en paz, la tranquilidad
social.
Es un sofisma que la aplicación de la ley signifique
autoritarismo. Las leyes mismas significan una reglamentación de las relaciones
entre los ciudadanos, una reglamentación de la conducta de las autoridades y
una garantía de la convivencia pacífica.
Calderón tiene que aplicar la ley con prudencia y
sensatez, pero también con firmeza.
Y con la ley enfrentar a los desafíos que hereda del
gobierno del Presidente Fox.
Al final de la jornada gubernamental, el único camino
para enfrentar a los adversarios que buscan la ruptura institucional de su
gobierno es un gobierno eficaz.
Simple y llanamente, cumplir con el juramento
constitucional de cumplir y hacer cumplir la ley.