La semana pasada ha estado marcada por una creciente
rijosidad entre las fuerzas políticas.
Pero también ha sido el preámbulo de lo que se prevé
un arranque de sexenio muy conflictivo.
Mas el ensimismamiento de las fuerzas políticas y la
opinión pública en las disputas postelectorales no les ha permitido medir en
toda su amenazante dimensión lo que significa el fortalecimiento de las mafias
criminales del crimen organizado, particularmente las del narcotráfico.
Las mafias han aprovechado los vacíos de poder creado
por indecisiones del gobierno federal, la indiferencia de las fuerzas políticas
y lo mismo amedrentan que asesinan y se erigen poco a poco como un auténtico
poder con el que habrá que lidiar.
Y habrá que lidiar con él a través de una combinación de
aplicación enérgica de la ley y mediante el legítimo monopolio de la violencia,
esa facultad del Estado mexicano que a tantos acobarda.
En algún momento el próximo gobierno tendrá que asumir
el reto que implica solicitar al Congreso la declaración de un estado de
emergencia en algunas regiones de la República.
Lamentablemente, las fuerzas políticas, embebidas en
sus propias disputas, se opondrán, porque con tal de que no se consolide el
Ejecutivo federal estarán dispuestos a boicotearlo.
Ni el PRD, ni el PAN, ni el PRI, ni los partidos
pequeños, quieren aceptar la realidad.
Ninguno quiere reconocer que en la medida que se
debilita al gobierno, se debilita al Estado.
Y entonces no tendrá ningún caso ganar el poder,
porque será un poder impotente para hacerle frente al poder fáctico del crimen
organizado.
Pero, si somos sinceros, habremos de reconocer que
tampoco los sectores empresariales han reconocido el peligro que representa el
crimen organizado. Por eso están ocupados en mantener sus parcelas de dominio
económico y en impedir el fortalecimiento del Estado.
La miopía les
impide a todos analizar con realismo lo que significa la consolidación del
crimen organizado como un auténtico poder fáctico. Un poder fáctico con dinero
y con armas; pero sobre todo con el ánimo de ganarle la pelea al Estado
mexicano.
No sugiero que ese poder fáctico del crimen organizado
pueda ganar, pero sí sostengo que para
vencerlo habrá que tener voluntad política, temple para arrostrar las
consecuencias de las decisiones y, sobre todo, exigirá de la sociedad la
aceptación de que una lucha así exigirá, como lo dijo el Presidente Electo,
muchos recursos, muchos sacrificios e implicará la pérdida de vidas.
Es una batalla que México no puede perder. Si se
pierde, se perderá el futuro de cuando menos la siguiente generación.
Y habremos condenado a los mexicanos a hundirse aún
más en la pobreza y la desigualdad.