El poder presidencial está acotado, dijo el Presidente
Vicente Fox durante su gira por Aguascalientes, el pasado viernes 6 de octubre.
Insistió en su afirmación de que “no más presidencia
imperial, se acabó aquella época en que la palabra del Presidente era la ley
suprema”.
El hecho es que la Presidencia de la República cuenta
al día de hoy con casi todos los instrumentos para ejercer el poder de que
dispusieron los antecesores priístas del señor Fox.
Para empezar, esos instrumentos están contenidos en la
Constitución. Bastaría leerla para encontrarlos.
De alguna manera los prejuicios antipriístas que
condujeron al licenciado Fox a la Presidencia de la República y su concepción
gerencial del ejercicio del puesto han influido para que su gestión sexenal haya
tenido tantas limitaciones.
En su afán de “ya no se hacen las cosas como antes”,
ha llevado a su gobierno a una suerte de callejón sin salida.
Y a la República le ha provocado que las costuras de
la convivencia social civilizada y legal se hayan empezado a descoser.
Ese fenómeno es la causa de que la violencia empiece a
marcar la existencia de los mexicanos.
Sin duda se han hecho esfuerzos para combatir al
narcotráfico, origen de mucha de la violencia, pero la realidad es tan compleja
que el Ejecutivo está aturdido y sólo le combate con golpes efectistas.
Más grave es la torpeza con que han manejado
situaciones como la de Oaxaca, una de las más claras manifestaciones de que,
por primera vez en 75 años, un grupo de alzados mantiene bajo su control a un
estado de la Federación.
Las telarañas de los prejuicios, los traumas por
represiones del pasado y una patética incapacidad para la negociación política,
han llevado al gobierno del Presidente Fox a tolerar dicha ocupación violenta e
ilegal. Una ruptura clara del orden interior en una entidad de la República.
Y un precedente para que el fenómeno se repita en
otras entidades.
La tibieza del gobierno foxista para enfrentar los
conflictos ha estimulado a muchos grupos a desafiar al gobierno de la
República.
El desorden callejero, la violencia de la delincuencia
organizada y la agresividad de los grupos políticos envalentonados han
conducido al país en una senda que sólo puede terminar mal.
En una ingobernabilidad que al paso del tiempo podría
convertirse en anarquía.
Una anarquía de la cual hemos visto ejemplos palpables
en el caso Oaxaca, o en el descarado comportamiento de la delincuencia
organizada.
Lamentablemente le quedan al gobierno foxista
solamente 53 días en el poder.
Y se frustrará el afán de pasar a la historia como el
gobierno “del cambio democrático”, pues dejará a su sucesor una envenenada
herencia de violencia, descontento social y un peligroso clima de encono y
rencor.