Alguien, no recuerdo quién, hizo una definición brutal
de la política del poder:
“… No hay apuestas más altas que las de la política
del poder. Tu adversario juega sólo a ganar. No te perdonará ninguna
condescendencia o vacilación. Distorsionará todo lo que digas o hagas, cuando
así le convenga, y lo utilizará para su ventaja. Se propone ganar, y por lo
tanto se propone que tu pierdas…”
Esa realidad ha prevalecido durante la semana que
termina.
La semana, sin duda, estuvo marcada por lo ocurrido
durante la ceremonia del Informe Presidencial y los días precedentes.
El pasado viernes, el PRD se ufana de haber humillado
al Presidente de la República.
Logró el objetivo trazado por López Obrador: impedir
que el Presidente Fox hablara en la tribuna de la Cámara de Diputados. Desde
esa perspectiva triunfó.
Pero también ganó el Presidente Fox, porque al negarle
la tribuna del Congreso, el perredismo le dejó el campo libre para hacer lo que
más le gusta al Presidente: hablar ante las cámaras para los mexicanos, y evitarse
así molestas interrupciones e interpelaciones.
Al final ambos ganaron; pero también ambos perdieron.
Pierde el PRD, porque corre el riesgo de aislarse del
juego del poder en el Congreso.
Pierde el Presidente Fox, porque su actitud rijosa
crea, otra vez, un espíritu rijoso, espíritu rijoso y enconado que le heredará
a Felipe Calderón.
Dice el perredismo que está rota toda relación con el
Presidente Fox. La realidad los obligará a reconsiderar.
Pero, al final del día, la conclusión a que nos lleva
lo ocurrido esta semana que termina es que el gobierno foxista y el PAN cayeron
en la celada que les tendió López Obrador.
Amenazó con marchar sobre el Palacio Legislativo y los
obligó a formar un cerco de seguridad sin precedentes. Así, el perredismo tuvo
el pretexto para hacer lo que ya estaba decidido: tomar la tribuna y evitar que
el Presidente Fox leyera su mensaje al Congreso.
Fue como una patética puesta en escena: todos se
comportaron de acuerdo a un papel previamente calculado.
Para el perredismo, donde hay muestras de agotamiento
en el movimiento social, es un reto mantenerlo. Y un riesgo.
El Presidente Fox no puede sino estar satisfecho:
total, hizo lo que ha hecho durante todo el sexenio: brincarse al Congreso.
Y así, un sexenio que empezó con tantas esperanzas,
con tanta expectación, termina con el país enredado en pleitos políticos.
Y a nadie, ni a los dirigentes políticos, ni al
gobierno federal, parece importarle.
A todos, a dirigentes políticos y al Ejecutivo, parece
que lo único que les importa es la imagen.
Pero, tristemente, detrás de la imagen que cada quien
ha creado de sí mismo, está el creciente deslizamiento social, político y
económico del país.
Todos están demasiado ocupados en la política del
poder.