A 42 días de las elecciones presidenciales persiste la
incertidumbre: aún no sabemos oficialmente quien será el próximo Presidente de
México.
En estas seis semanas, el debate por los resultados,
por el conteo y por las decisiones del Tribunal Electoral del Poder Judicial de
la Federación se ha enconado.
La resistencia civil a que ha convocado Andrés Manuel
López Obrador, la cual se ha concretado en bloqueos y plantones que han
provocado irritación en el Distrito Federal, ha conseguido su objetivo: ha mantenido
viva la esperanza y el entusiasmo entre los seguidores y simpatizantes de López
Obrador.
Dicha resistencia civil ha tenido efectos colaterales:
ha paralizado rutas vitales de la vialidad del centro de la ciudad de México,
pero, a pesar de la indignación ciudadana, no puede negarse que las
manifestaciones y bloqueos no han perdido su carácter pacífico.
Ha sido más violenta, sin duda, la retórica discursiva
de los perredistas y su candidato.
No puede ignorarse que pese a todo, estamos dentro de
los plazos legales y constitucionales para calificar el proceso electoral y
declarar Presidente Electo.
El recuento iniciado la pasada semana ha terminado.
Pese a los exabruptos perredistas no parecen alterarse significativamente los
resultados del 6 de julio, resultados obtenidos de los recuentos distritales.
El recuento, aunque parcial, representó una victoria
para el PRD, pues el recuento ordenado por el tribunal electoral fue utilizado
para reforzar los argumentos perredistas de que hubo fraude en las elecciones
del 2 de julio.
En algunos círculos se considera como un gesto
conciliatorio del tribunal electoral. En otros como una decisión cuyo objetivo
fue determinar si en una muestra nacional de 11,839 casillas se detectaban
irregularidades graves. Hasta ahora, no ha ocurrido así.
El recuento, como se dijo, le ha dado nuevos
argumentos al PRD para impugnar ya no sólo los resultados, sino hasta la
validez de las elecciones.
Esa, sin duda, es la siguiente etapa de la
resistencia, cuestionar la validez de la elección presidencial, para tratar de
presionar al tribunal electoral a dictaminar la anulación.
La anulación de la elección presidencial ha sido
motivo de innumerables discusiones jurídicas y políticas. Nadie quiere
descartarla como posibilidad, pero es poco probable que ocurra esa declaración
de no validez.
La anulación tendría efectos colaterales políticos,
sociales y económicos que, la verdad, difícilmente podría manejar con aptitud
el gobierno del Presidente Fox.
Existe el antecedente de que la llamada “causal
abstracta de nulidad” -jurisprudencia del Tribunal Electoral Federal-, nunca,
durante 10 años, se ha aplicado en elecciones federales.
Hay, sin duda, violaciones a la equidad, pero no son
lo suficientemente graves como para que el Tribunal decidiera crear nueva
jurisprudencia.
Si lo hiciera, llevaría al país a dar un salto al
vacío.