La semana ha sido una réplica de la batalla mediática
de la campaña electoral.
Andrés Manuel López Obrador sustenta su lucha en el
cuestionamiento de los resultados electorales.
Su táctica ha evolucionado. Del cuestionamiento al
PREP, se pasó a cuestionar los conteos legales en los 300 distritos y ha
devenido en la acusación de fraude electoral.
Aseguran tener pruebas. En realidad hay evidencias de
irregularidades, pero no son las suficientes como para alterar el resultado de
la elección. Y menos para que se pueda proponer la anulación de los comicios
del 2 de julio.
A base de repetirlo, Andrés Manuel López Obrador ha
convencido a muchos de que en verdad en las elecciones presidenciales hubo un
gran fraude.
De alguna manera esa creencia, esa convicción,
transformada casi en artículo de fé, es difícil de contrarrestar entre los
seguidores de López Obrador.
Así las cosas, la semana ha visto el desarrollo de la
táctica de Felipe Calderón, la cual ha consistido simplemente en buscar los
escenarios propicios para, sin decirlo, presentarse como el virtual Presidente
Electo.
Mientras, López Obrador busca crear la percepción de
que hubo fraude electoral, para así forzarle la mano al Tribunal Federal
Electoral, Calderón intenta crear a su vez la percepción de que él ganó, que
las cifras oficiales lo demuestran y que es cuestión casi de trámite el fallo a
su favor del Tribunal Federal Electoral.
En esa confrontación de tácticas veremos en las
próximas cuatro semanas y media muchas declaraciones, muchas exageraciones, y
quizá algunas expresiones violentas resultantes de la riesgosa ruta de la
resistencia civil pacífica del PRD.
El riesgo mayor es para López Obrador, porque la
violencia le restará credibilidad a su caso.
Calderón sólo tiene que esperar y de las probables
presiones de la ingobernabilidad ya se ocupará en su momento.
Lo importante es que no permitamos contagiarnos de la
sinrazón de la lucha política.