Dentro de una semana acudiremos a votar, más o menos,
40 millones de ciudadanos, quizá extenuados por el bombardeo propagandístico de
los partidos y aliviados de que por fin se celebren las elecciones.
Una vez más, se probará que, contra lo que piensan las
élites políticas y culturales de la República, los ciudadanos somos adultos y
decidiremos lo que cada cual considera es lo que más le conviene, primero a él,
luego a su entorno familiar, laboral y social.
La suma de esos votos decidirá quién es el próximo
Presidente de México.
A pesar de que tantos hemos sido rehenes durante los
dos años recientes de los malabares estadísticos de las encuestas, se probará
nuevamente que esos ejercicios estadísticos son instrumentos para la estrategia
de campaña, pero no son de ninguna manera pronósticos sobre el resultado.
Así ocurrió hace seis años; así ocurrirá el próximo
domingo 2 de julio.
Cada ciudadano tiene su propia y personal perspectiva
de los problemas de la Nación. Pero, quien quiera que gane, verá a partir del
día 3 de julio una realidad integral que es la suma de todos los problemas de
la Nación; pero que también es la suma de todas las posibilidades.
Porque problemas tiene la Nación, más allá de los
interesados y fatuos señalamientos de campaña.
Son problemas que requieren que, quien quiera que gane
la Presidencia, deje atrás el simplista discurso de campaña y se esfuerce en
elaborar programas que auténticamente promuevan no sólo el desarrollo, sino
también una tenaz reducción de los márgenes de desigualdad.
Son problemas que exigirán de aquél que gane el
próximo domingo dejar atrás sus prejuicios ideológicos y ver a la nación como
un todo que le demandará de decisiones valientes.
Quien quiera que salga elegido no podrá ya refugiarse
en la cantinela de que sus adversarios no lo dejaron gobernar. Ya no podrá
culpar a nadie de sus errores, y tendrá que asumir todos y cada uno de los
fallos de sus colaboradores.
Gobernar bien, a pesar de la oposición, exige de
cualidades de estadista.
Hasta ahora, ninguno de los aspirantes a la
Presidencia las ha mostrado.
Ojalá y, como suele ocurrir en muchos casos, quien
quiera que gane crezca en la silla presidencial.
Ojalá, para que México no deje pasar otra vez el tren
de la modernidad, un tren que no volverá a pasar en tres o cuatro décadas.