A la incertidumbre electoral se han sumado conflictos
cuya resolución permanece como una incógnita.
El conflicto de los mineros y la insurrección
magisterial de Oaxaca amenazan con convertirse en problemas que, por haber sido
pospuesta su atención, complicarán la transición de gobierno, gane quien gane.
MINEROS
Aún falta por dilucidar la veracidad de las
afirmaciones que sostienen que el conflicto de los mineros, la destitución de
Napoleón Gómez Urrutia, y un paro que se ha prolongado ya por demasiados meses,
tienen un origen en una confrontación entre grupos empresariales que se
disputan el control de la minería mexicana.
Si así fuera, es evidente que el conflicto se ha
agravado porque cuando menos uno de los
grupos empresariales ha contado con la aquiescencia, si no es que con la
complicidad, de funcionarios del gobierno federal.
La visión simplista y miope que hizo estallar el
conflicto subestimó al instinto de supervivencia de los dirigentes de todos los
sindicatos. Éstos vieron en la destitución de Napoleón Gómez Urrutia un
peligroso precedente para todos ellos.
El gobierno
federal no tiene prisa por deshacer el lío. Ha desoído las peticiones de los
gobernadores de las entidades afectadas por el paro minero, quienes le han
solicitado que ya reconozca a Gómez Urrutia, para evitar más daños a las
economías locales.
Al parecer, se dejará correr el conflicto hasta
después de las elecciones. Y quizá, sólo quizá, sea entonces cuando se busquen
salidas políticas, apoyadas en decisiones de las autoridades laborales.
Sería lamentable que el conflicto lo tuviera que
resolver el siguiente gobierno, sea quien sea el que lo encabece.
OAXACA
El habitual paro magisterial de Oaxaca se ha
convertido este año en un movimiento político al cual confluyen muchas fuerzas,
muchos grupos, lo cual ha tenido como consecuencia que se dejó un vacío
político que está siendo llenado por las organizaciones más radicales, muchas
abiertamente anarquistas, y con algunas vinculaciones con los grupos que aún
sostienen que al poder sólo se llega por la vía de las armas, no por la vía
electoral.
Algunos concluyen de manera simplista que el fallido
intento de desalojo del centro de Oaxaca por fuerzas policíacas ha sido el
detonador de la radicalización del conflicto magisterial.
Nada más falso. Desde antes del fallido desalojo en el
seno de la sección 22 del SNTE, se manejaba la demanda de la renuncia del
gobernador. No hay que olvidar que ya lo habían desconocido como interlocutor.
De eso se trataba, si se desconoce como interlocutor a
una de las partes con que hay que negociar, se conduce el movimiento a ser
crecientemente más agresivo.
Tiene que reconocerse que, para muchos, nos es difícil
determinar de quién o quiénes son las manos que patrocinan el movimiento,
porque patrocinio tiene, prueba de lo cual son los vastos recursos que ha
exigido la movilización, recursos que obviamente no han llegado del gobierno
estatal como tantas veces en años anteriores.
Si se tramó una operación política para desestabilizar
a un gobierno priísta, la trama se organizó con gran ineptitud, pues el
movimiento ha devenido en una semilla de anarquía, cuyos efectos pueden
reflejarse hasta en la posibilidad de la celebración de las elecciones en el
Estado de Oaxaca.
El torpe manejo del movimiento no es atribuible a los
dirigentes de la sección 22, sino a quienes los lanzaron por caminos distintos
a las demandas salariales, siempre justas y siempre populares.
En Oaxaca se ha dado plataforma a los grupos más
radicales de las márgenes de la política mexicana, grupos carentes de vocación
democrática, con tendencias anarquistas semejantes a los de “La Otra Campaña”
de “Marcos”. Nostálgicos de una utopía que es imposible en el mundo actual,
porque implica el aislamiento, lo cual sólo tiene como consecuencia mayor
atraso para la población.
La mejor prueba es uno de los puntos presentados como
exigencia a los negociadores de la Secretaría de Gobernación: se exige la
desaparición de los poderes de Oaxaca y la instalación de una Asamblea Popular
que gobierne la entidad.
No puede haber ejemplo más palpable de retroceso para
la democracia nacional.
Y es casi patética la cobardía de todos los candidatos
presidenciales que, celosos de no perder votos, se niegan a reconocer el grave
conflicto que puede extenderse a otras entidades del sureste.
Todos, sin duda, creen que ellos sí podrán resolverlo.
Pues sólo que alguno de ellos haya formado parte de la
cofradía de patrocinadores de la agitación oaxaqueña.
Triste escenario para las elecciones del 2 de julio,
cuya celebración en Oaxaca empieza a estar en duda.
Hace tres años fue Atenco, ahora se corre el riesgo de
que toda una entidad de la Federación se quede al margen de los comicios.
Pero los candidatos presidenciales y sus partidos
prefieren coquetear con los anarquistas.
Y dejar florecer la semilla de la violencia y la
anarquía, a poco menos de cuatro años de la celebración del Bicentenario de la
Independencia y del Centenario de la Revolución.