La semana arrancó con encuestas y cerró con encuestas.
Se han convertido en una más de las herramientas para
influir en un electorado aún no definido.
Los encuestadores, cautelosos, se niegan a pronosticar
una tendencia favorable a cualquiera de los candidatos. Algunos se han quedado
atrapados en sus encuestas de hace dos meses y no encuentran cómo salir.
A 28 días de las elecciones -cuatro semanas completas-
sigue el reacomodo de fuerzas políticas.
En los días finales de la campaña electoral, hasta los
más escépticos esperan que sólo queden dos candidatos punteros.
Un bipartidismo de coyuntura electoral les parece
conveniente a muchos. A unos porque les preocupa que los tres principales
candidatos llegaran a esos días finales con muy pocos puntos de diferencia
entre sí, pues temen se complique el manejo postelectoral.
Otros, conscientemente desean un bipartidismo.
Especialmente aquellos que manejan un discurso clasista.
Un bipartidismo definitivo, sin embargo, es muy
riesgoso, pues llevaría al país a una polarización entre dos fuerzas. Sería
devastadora la pérdida del centro, tanto del centro derecha, como del centro
izquierda. Se perdería la moderación política y prevalecería el discurso
disolvente del rencor.
También fue la semana de las propuestas económicas.
Destacan, por supuesto, las de López Obrador y la de Madrazo.
Desde el llamado círculo rojo -la opinión muy
informada-, se criticaron ambas propuestas; pero nadie sabe a ciencia cierta,
porque no se ha medido bien a bien, el efecto que haya tenido en las clases
medias -media y baja- el ofrecimiento tanto de López Obrador como Madrazo de
subsidiar sus ingresos para elevar su poder adquisitivo. Además, allá, donde
está el electorado al cual se dirigieron ambas propuestas, no llegan las
sutiles discusiones sobre su viabilidad de los especialistas.
El efecto de ambas propuestas, sin embargo, a nivel
nacional, al menos en las encuestas más conocidas, se perderá en el posdebate.
Será hasta la elección cuando se averigüe cuánto calaron entre los votantes.
A pesar de todo, los encuestadores, los oráculos
modernos, coinciden en que todavía hay un vasto sector de voto volátil. Y
existen insuficiencias de un padrón electoral no actualizado por falta de
recursos que los obliga a ser cautelosos, porque dichas insuficiencias le dan
un sesgo a sus resultados.
Así pues, a cuatro semanas de las elecciones
presidenciales, todavía nadie puede declararse seguro triunfador.
Como se previó en estas entregas, nuestros
cibernéticos lectores han comprobado que la lucha entre los candidatos
presidenciales está ya en los medios. No tienen tiempo para más.
Por lo demás, los cinco candidatos presidenciales
enfrentan una variable: el Mundial de Fútbol.
Ese evento le restará auditorio a la contienda
política. Y les obligará a disputarse, no sólo la presencia en los medios
electrónicos a través de spots, sino
a través de entrevistas y mesas de discusión en las que procurarán participar
sus equipos de campaña.
A pesar de lo competido de las elecciones, existe el
riesgo de que el discurso empecinado en descalificar al IFE, el órgano
institucional que organiza las elecciones y maneja los resultados, podrían
incrementar la innata desconfianza de los electores y tener como resultado un
abstencionismo superior al de hace seis años.
Aunque, contrario a lo que afirman algunos
tremendistas, un alto abstencionismo no le resta legitimidad a la elección, ni
al ganador, sí podría alterar los cálculos electorales de los candidatos y los
partidos.