La nota de la semana fue, sin duda, la violencia en
Atenco, pues vino a contaminar el proceso electoral con efectos aún no
previstos.
Existen evidencias que permiten suponer que la
violencia fue propiciada por los dirigentes del Frente del Pueblo para la
Defensa de la Tierra, mejor conocido como los “macheteros de Atenco”.
Se habían suscitado en abril algunos enfrentamientos
entre los vendedores de flores inconformes con la reubicación que pretendía el
ayuntamiento perredista de Texcoco.
Hubo algunas pláticas, en las que intervinieron
Ignacio del Valle y otros dirigentes del Frente, pero fueron infructuosas,
porque los ocho vendedores militantes de la agrupación atenquense se negaron a
reubicarse.
El estallido de la violencia fue sorpresivo y la
reacción de la policía desordenada, porque el gobierno calculó que con la
vigilancia de policía estatal bastaría para controlar la violencia.
No ocurrió así, por la sencilla razón de que el
comportamiento de los grupos violentos obedeció a un plan preestablecido de no
ofrecer un solo frente, sino que grupos móviles hostilizaron a la policía de
varias direcciones.
El mal cálculo del gobierno fue corregido con una
operación bien planeada al día siguiente, tan bien planeada que, salvo algunos
descalabrados y golpeados, no hubo más.
En el primer enfrentamiento desafortunadamente murió
un jovencito de 14 años, aunque no está claro quien disparó el tiro mortal.
La idea fue desalentar la violencia. La detención de
200 personas, incluido el dirigente Ignacio del Valle, consiguió el objetivo,
pero temporalmente, porque el movimiento no quedó descabezado, como se calculó,
ya que la dirección la asume el “subcomandante Marcos”.
Ya se anuncian manifestaciones en la ciudad de México
y bloqueos carreteros cuyo propósito es estrangular el tráfico hacia y del
Distrito Federal.
La violencia de Atenco se presta a mucha especulación,
pues muchos, tanto en el gobierno Federal como en del Estado de México, creen
que todo fue violencia planeada con fines políticos.
De cualquier forma, la situación no está resuelta y
todavía podría afectar el proceso electoral, no porque este pueda tornarse
violento, sino porque va a ser aprovechado por el gran número de organizaciones
“sociales” y políticas que se mueven al margen de la política institucional.
Y, por supuesto, eso puede prestarse a la
especulación, ante la carencia de evidencia sobre las verdaderas intenciones de
esos grupos sobre los cuales asume ahora el liderazgo el “subcomandante
Marcos”.
EFECTOS
La flexible coalición de organizaciones afines al EZLN
muestra que los grupos, no de izquierda, sino más nihilistas que las conforman,
han encontrado la oportunidad de intentar sabotear los procesos electorales.
Y buscarán provocar reacciones violentas de las
autoridades, sean las del Estado de México, las del Distrito Federal o las
federales, para así provocar la represión violenta que genere rencor y
desilusión con el sistema institucional de la política.
Se desconoce el curso que pueden tomar los
acontecimientos, pues depende mucho de la respuesta que encuentren en la
población los grupos violentos. Hasta ahora, por enésima ocasión, ha quedado
demostrado que a la mayoría de la población no le gusta la violencia.
Ese rechazo es lo que ha mantenido aislados social y
políticamente a esos grupos.
Sería riesgoso que el desorden que provoquen sea
aprovechado por los equipos de campaña de los candidatos presidenciales para
golpear a los adversarios.
Cómo dicen los clásicos de las historias
detectivescas, ¿quién se beneficia?
Por supuesto que, pese a las especulaciones, no se
benefician ni el PRD ni su candidato presidencial. Es posible que, el
comportamiento provocador de los grupos radicales y marginales, al partido y al
candidato a quien más perjudican sea al PRD y a López Obrador, pues a 56 días
de las elecciones no pueden darse el lujo de tener que ponerse a luchar contra
la imagen de violentos que sus adversarios les adjudican. Esa imagen les costó
mucho en el pasado. Ni siquiera la hipótesis de “ensayo general para un
conflicto postelectoral” se sostiene, toda vez que, a estas alturas de la
campaña, lo que menos puede hacer López Obrador es amenazar con un conflicto de
esa naturaleza.
Bastante problema tiene con tener que defenderse de
sus adversarios.
Tampoco se benefician el PAN o el PRI, cuyos
candidatos presidenciales han dado declaraciones que de alguna manera intentan
vincular al PRD y a su candidato presidencial con la violencia de Atenco.
Es un grave error, porque al convertir en tema de
campaña a los grupos que operan al margen de la política institucional les
están dando una relevancia que no tienen.
La mejor prueba es que, cuando el Presidente Ernesto
Zedillo percibió la debilidad ideológica de dichos grupos, un nihilismo que no
permea en la sociedad mexicana, simplemente los aisló y aislados se quedaron,
hasta que erróneamente el Presidente Fox les inyectó vida y permitió aquella
farsa del “zapatour” que le prestó la tribuna del Congreso de la Unión a una
comandanta guerrillera.
Cuando el gobierno se volvió a olvidar de ellos, los
grupos se retiraron a las márgenes del quehacer político, solos y aislados con
su discurso desesperanzador.
Sería, insistimos, un grave error para el PAN y para
el PRI darles una dimensión que no tienen, que no podrán tener, al menos no en
las condiciones actuales del país.
Como sea, lo peor que le puede ocurrir al proceso
electoral es permitir que introduzcan sus destructivos simplismos los grupos
marginales. (Ojo, marginales, no marginados)