La semana fue marcada por dos acontecimientos graves,
síntoma de una suerte de miopía de los actores políticos. Graves porque
implican violencia trágica, graves porque atender sus orígenes y consecuencia
exigirá de talento y capacidad política.
MICHOACÁN
Como toda violencia, la de Lázaro Cárdenas, Michoacán,
es el resultado de una cadena de circunstancias, de decisiones poco
reflexionadas, de intenciones políticas, de errores de ejecución del desalojo,
y de la torpeza de algunos jefes policíacos.
El origen del conflicto está en la decisión tomada por
el gobierno del Presidente Vicente Fox para propiciar la remoción de Napoleón
Gómez Urrutia del liderazgo del sindicato minero.
La destitución de Gómez Urrutia fue a destiempo, pues
no se tenían listas las correspondientes averiguaciones que presuntamente le
involucraban en manejos deshonestos de casi 55 millones de dólares que le
entregó al sindicato una de las empresas mineras.
Y la mayoría de los líderes se pusieron nerviosos. No
les importa si Gómez Urrutia es o no deshonesto, sino lo que ven como una
injerencia gubernamental en la vida interna de los sindicatos.
Poco a poco, ese temor ha cundido en todos los
sindicatos, aún en los más conservadores, como la CTM, donde, aunque no
participan en el paro convocado por los llamados “independientes”, si han
sostenido reuniones cuyo tema es la defensa de la autonomía sindical.
No van todos por el mismo camino, pero el objetivo es
común, pues todos los sindicatos actúan en defensa propia.
Por eso la ruptura con el Secretario del Trabajo
Francisco Javier Salazar, cuya destitución han solicitado los sindicatos,
aunque en realidad se trata de una lucha contra el gobierno de Vicente Fox, por
quien se sienten amenazados, y de una lucha que también es advertencia a los
candidatos presidenciales, para que ninguno de ellos intente destituir líderes
incómodos.
Ni en las épocas más beligerantes del sindicalismo
mexicano ha sido vista tal solidaridad, porque no puede subestimarse a las
organizaciones más conservadoras, también tienen capacidad de movilización.
En ese escenario, agravado por los dos muertos en la
planta de Sicartsa, el gobierno se dispone a negociar. Y tiene pocas opciones.
Opción A.- Puede sostener al Secretario de Trabajo,
para no mostrar debilidad, pero tendrá que utilizar a la Secretaría de
Gobernación para las negociaciones. De cualquier forma tendrá que convencer a
los líderes sindicales que el caso de Gómez Urrutia es una excepción, no la
regla. Para ello tendría que hacer una de dos cosas: o reinstalar a Gómez
Urrutia en el liderazgo, o desconocer a Elías Morales y colocar al frente del
sindicato minero a alguno de los dirigentes afines a Gómez Urrutia, a quien
habrían de sacrificar.
Opción B.- Se va el Secretario del Trabajo y se
negocia la instalación de una dirigencia afín a Gómez Urrutia, pero habría que
llevar adelante algún proceso legal contra el líder, para preservar el llamado
principio de autoridad. También habría que convencer a todos los sindicatos que
vale la pena sacrificar a Gómez Urrutia.
Opción C.- Se ofrece la renuncia del Secretario del
Trabajo para dentro de dos meses. Y se reinstala a Gómez Urrutia. Habría el
inconveniente de que se tendrían que retirar todos los cargos contra el líder
minero, a pesar de abrumadores evidencias de desvío de fondos. Lo cual dejaría
peor la imagen del gobierno.
Es posible que haya otras opciones no consignadas
aquí. Como sea, resolver lo que amenaza con convertirse en una confrontación
abierta e inconveniente del gobierno de Fox con todos los sindicatos sólo se
puede conjurar mediante negociaciones políticas. Con la idea de todas las
partes que para que haya un buen arreglo, ambas tienen que ceder algo.
Aunque el gobierno del Presidente Fox se está vaciando
de funcionarios, queda aún Carlos Abascal, como el único con el talento
político para encontrar la salida negociada a esta confrontación, antes de que
la violencia de Lázaro Cárdenas se traduzca en actitudes aún más intransigentes
y agresivas de los candidatos presidenciales, a quienes pueden arrastrar las
circunstancias.
Y, a 10 semanas de las elecciones presidenciales, ese
es el único lujo que México no puede darse: la pérdida del control de la
situación.