Tres acontecimientos marcaron la semana que termina:
la aprobación de las reformas a las leyes de radio y televisión y
telecomunicaciones, el debate migratorio en Estados Unidos y la cumbre
trilateral de Cancún.
LEY
DE RADIO Y TV
El senado aprobó por una votación abrumadora las
reformas a las leyes de radio, televisión y telecomunicaciones.
Fue la culminación por un debate que estalló a
principios de enero, cuando había pasado casi inadvertida la aprobación de dichas
reformas en la sesión del primero de diciembre de 2005 en la Cámara de
Diputados. Fue una aprobación unánime, esto es, la aprobaron los votos de todos
los diputados presentes: priístas, panistas, perredistas, verdes y
convergencia.
Pero los cambios a la ley enfrentan a poderosos
intereses económicos y empresariales.
Un bando obtuvo el respaldo del llamado círculo rojo:
intelectuales, periodistas, académicos y algunos especialistas en materia de
comunicación.
La batalla se dio durante muchas semanas. Conforme
recrudeció, el perredismo empezó a rectificar, con claros fines electoreros.
Todo fue inútil. Los senadores que votaron a favor de
las reformas argumentan que la ley posiblemente es insuficiente, pero que es lo
único que se puede aprobar en la actual coyuntura política y electoral.
Esa votación favorable significó una derrota en toda
la línea para el círculo rojo, cuya influencia habían creído sería determinante
los opositores a las reformas, también un grupo poderoso económica y
empresarialmente.
En realidad, a pesar del escándalo mediático, a la
población el tema no le interesó mayormente, quizá porque involucra asuntos muy
técnicos que los legos no entendemos.
La polarización provocada, sin embargo, muestra lo
contaminado que empieza a estar el ambiente nacional.
Cada vez es más difícil conducir un diálogo
inteligente que encuentre espacios para la negociación. Eso es imposible en un
clima donde todo se ve como una lucha entre el bien y el mal.
MIGRACIÓN
El debate por una reforma migratoria en Estados Unidos
y las manifestaciones de latinos en las calles de algunas ciudades
norteamericanas han provocado en México reacciones simplistas, y a veces poco
racionales, para un tema tan complejo.
El dilema para el gobierno de Estados Unidos es cómo
asegurarle a sus ciudadanos que sus fronteras están seguras, y a la vez, cómo
resolver el desafío que para la mentalidad norteamericana, tan apegada al
respeto a la ley, significa la presencia de casi 12 millones de inmigrantes
ilegales que viven y trabajan en la clandestinidad.
Es un dilema, porque la paranoia de la guerra contra
el terrorismo ha significado que la mayoría de los norteamericanos -un 51 por
ciento, según las encuestas más recientes- está a favor de que se deporte a los
inmigrantes ilegales.
La Casa Blanca y el Congreso saben que eso es
imposible, pero no atinan a convencer a sus ciudadanos que ante una tarea
imposible hay que encontrar soluciones prácticas.
Y esas soluciones prácticas son las que busca la
reforma migratoria que se discutirá durante los próximos meses en el Congreso
norteamericano. Esa tarea, sin embargo, está complicada porque este año es
electoral. Se renueva la tercera parte del Senado y toda la Cámara de
Representantes.
En ese clima tan complejo han medrado los grupos más
radicales de Estados Unidos.
No obstante, a mediano plazo el tema tendrá que
destrabarse, porque la economía norteamericana necesita la mano de obra barata
de los indocumentados, pero también necesita encontrar la fórmula de
incorporarlos a la economía formal, para que paguen impuestos y, sobre todo,
para que hagan aportaciones al Seguro Social.
En 1940, la proporción entre trabajadores y jubilados
era de 42 a 1. En la actualidad es sólo de 3 a 1.
Así que, para poder sostener las pensiones de casi 70
millones de baby boomers, la generación nacida poco después de la Segunda
Guerra Mundial, el Seguro Social necesita obtener más recursos. Los recursos
serían aportados por los ilegales que fueran legalizados.
12 millones de nuevos contribuyentes al Seguro Social
no es nada despreciable, sobre todo si se toma en cuenta que son muy jóvenes.
El envejecimiento de la población norteamericana hará
que a largo plazo la importación de mano de obra se vuelva un tema de seguridad
nacional.
Es cuestión de tiempo.
CANCÚN
En la reunión de Cancún entre los presidentes Bush y
Fox y el Primer Ministro canadiense Stephen Harper, se discutieron muchos
temas, pero hubo uno que apenas fue registrado en los medios.
Quedó claro que el camino iniciado hace 12 años,
cuando entró en vigencia el TLC, es todavía muy largo. Es el camino de la
formación, quizá en la próxima generación, de un Mercado Común de Norteamérica.
Uno que dispondría de recursos naturales vastos, de mano de obra abundante y de
un mercado de más casi 500 millones de personas.
No hay que olvidar que lo que ahora es la Unión
Europea empezó en 1948, con un acuerdo carbonero. Les llevó casi 50 años
consolidar lo que ahora son, un mercado común, una potencia sin fronteras y una
potencia económica.
Muchos, especialmente en Estados Unidos y Canadá,
creen que la dinámica económica y poblacional de un mercado común
norteamericano superaría fácilmente a cualquiera otro bloque.
En las tres naciones, Estados Unidos, México y Canadá,
faltan muchas decisiones políticas y económicas por tomar para seguir en esa
dirección.
Pero hay quienes creen que ese es el destino
manifiesto de Norteamérica.