La semana estuvo marcada, indudablemente, por el
inicio de las campañas por la Presidencia de la República.
A pesar de la expectativa, los primeros tres días de
campaña han sido anticlimáticos, menos vociferantes de lo esperado.
Faltan 22 semanas y media para las elecciones
presidenciales, lo cual obligará a administrarse a los candidatos
presidenciales.
En medio de todas esas expectativas, el inicio de las
campañas obligó al gobierno foxista a tratar de protegerse de las prematuras
acusaciones de parcialidad.
En todos los tonos se ha advertido a los funcionarios
federales para que no intervengan en el proceso electoral. Es la respuesta a
los reclamos de partidos, de académicos y de no pocos comunicadores.
Es posible que se pretenda darle a la campaña por la
Presidencia un tono de exagerada civilidad, lo cual conduciría a un cierto
aburrimiento del electorado, de por sí bombardeado con mensajes que siembran la
desconfianza en el actual sistema de partidos.
Desde la academia se empieza a exigir una exagerada
pulcritud en el comportamiento de la sociedad que no corresponde a la
democracia.
Si se trata de elegir al Presidente de México, todos
debieran opinar, sin importar cargo, partido o filiación religiosa. Lo
importante es que todos crean en el proceso electoral como método para elegir a
nuestros gobernantes. Y que se respeten las reglas fijadas por las autoridades.
En la medida que la sospecha sea la que rija las
relaciones en la sociedad mexicana, en esa medida se limitan las posibilidades
de consolidar una democracia moderna.
Nadie quiere, por supuesto, una campaña en la que el
intercambio de lodo sea la regla, pero al final del día a todos se les olvida
que es más fácil apelar a las emociones del votante que al razonamiento.
Y si nadie apela a las emociones del electorado el
resultado será un alto abstencionismo.
En esta semana se ha visto que, por diversas
circunstancias, el mensaje de los tres principales candidatos a la Presidencia
ha recibido una difusión muy limitada.
Los tres tienen el desafío de atraer a las clases
medias, donde se empiezan a percibir los efectos de la estabilidad económica y,
seguramente, no habrá nadie dispuesto a perder lo ganado.
Esa podría ser una de las razones por las que las
estrategias de comunicación de los tres candidatos aún son titubeantes, quizá
no encuentran el mensaje adecuado para las clases medias, donde están los sin
partido e indecisos que decidirán esta elección.
El consenso es que ha faltado liderazgo en Los Pinos.
Y eso es lo que tendrán que demostrar los candidatos a la Presidencia: su
capacidad de líder, porque liderazgo exigirá el próximo sexenio.