La polémica por la tregua navideña marcó la semana,
sin embargo, fue más significativa la decisión de la Cámara de Representantes
de Estados Unidos de aprobar la construcción de un doble muro, en porciones que
suman la tercera parte de la extensión de su frontera con México.
Es significativa porque, no sólo crea obstáculos más
peligrosos para los mexicanos que emigran, sino que tipifica como delitos
penales la contratación de trabajadores indocumentados y hasta la ayuda
humanitaria que les brindan algunas organizaciones.
La iniciativa de ley todavía tiene que ser aprobada
en el Senado norteamericano, donde será revisada hasta el próximo febrero. Hay
muchas posibilidades de que la polémica sea tal que una ley definitiva no se
apruebe hasta después de noviembre de 2006, cuando se celebran las elecciones
legislativas estadounidenses. Y, posiblemente, se apruebe algún programa de
trabajadores temporales, con lo que los republicanos dejarían satisfecho a su
electorado empresarial.
Esto significará un estruendoso fracaso de la premisa
de acuerdo migratorio que durante todo el sexenio enarboló el gobierno del
Presidente Fox, pues tal aprobación ocurriría cuando haya un nuevo Presidente
de la República, quien haya ganado las elecciones del 2 de julio de 2006.
Toda la política migratoria giró, al arranque del
sexenio, en la perspectiva de un acuerdo migratorio. En torno a eso giró la
política exterior diseñada por Jorge G. Castañeda, quien a cambio del acuerdo
prometido por George Bush en la reunión en Guanajuato a principios de 2001,
fracturó la política externa de México, la mantenida durante más de cinco
décadas, y alineó a México con Estados Unidos.
El costo para México ha sido altísimo, pues una vez
dado el giro a la política exterior, cuando ocurre el atentado terrorista de
las Torres Gemelas y la atención de Bush se dedicó a la seguridad
estadounidense y a la venganza por el atentado, el gobierno mexicano se quedó
atrapado en la política exterior que ya había modificado irreversiblemente.
Consciente Jorge G. Castañeda de que la premisa de
dicha política exterior –el acuerdo migratorio- había sido destruida junto con
las Torres Gemelas, renunció y le dejó a Fox la tarea de enfrentar las
consecuencias del alineamiento con Estados Unidos, alineamiento que al final de
cuentas resultó gratuito.
Primero se intentó corregir oponiéndose a la invasión
a Irak, pero luego al reemplazar Luis Ernesto Derbez a Jorge Castañeda, la
política exterior adquirió un matiz economicista.
Lejano ya el acuerdo migratorio, el gobierno del Presidente
Fox arrió banderas en el tema y optó por capitalizar la emigración.
Así, se buscó facilitar el envío de las remesas de
los migrantes mexicanos a sus familias en México. Y se intentó crear vínculos
con organizaciones mexico-norteamericanas que les permitieran estrechar
relaciones con las comunidades de migrantes mexicanos.
Y dichas remesas pasaron a ser fundamento del ingreso
de divisas. Por eso las críticas de que México no podía apoyarse sólo en las
divisas generadas por la exportación de crudo y en las remesas de los
migrantes.
Fue un giro pragmático, pero también la señal del
fracaso de la política migratoria del régimen del Presidente Fox.
El fracaso es de tales dimensiones que ahora está
paralizado ante la sola posibilidad de que un muro se construya en la frontera
norte y sobre todo, ante la ominosa posibilidad de que las dificultades para
cruzar cuesten la vida a más indocumentados que nunca.
Ninguno de los candidatos tiene prevista una política
exterior, una política de Estado adecuada, lo cual creará más dificultades de
las que creen en las relaciones con Estados Unidos.
Algunos dirán que se paga el costo del alineamiento
con Estados Unidos a cambio de nada.
Lo dicen aquello que subestiman a la opinión pública
norteamericana, a la que vota, y que es la que determina las reacciones y los
votos en Washington.
Como sea, el tema de la migración, de un posible
acuerdo y de la protección de nuestros migrantes indocumentados, tendrá que
formar parte de la agenda del próximo Presidente de la República.