Con el Café 04/Dic/05
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 Con el café

 

(Edición de Fin de Semana)

 

Por: José Fonseca

 

Año 2

4 de Diciembre de 2005

Número 85

 

PELIGRO INMINENTE

 

Durante la semana que termina hubo muchas noticias, escándalos, polémicas e innumerables declaraciones, pero el video de cuatro sicarios de los “Zeta” torturados por presuntos agentes de la Agencia Federal de Investigaciones de la Procuraduría General de la República fue como un violento recordatorio del problema que todas las estridencias políticas no pueden ocultar: la creciente violencia y poder del narcotráfico.

Todos los candidatos tienen propuestas en materia de seguridad. Todas las propuestas no son sino recreaciones de los viejos discursos oficiales: profesionalizar a la policía, coordinación entre autoridades policíacas, más recursos para equipamiento, etc.

El video mostrado por la televisión, aunque data de hace varios meses, y aunque fueron detenidos los presuntos AFI responsables –algunos ya liberados “por falta de pruebas”-, hay dos hechos que no pueden soslayarse.

El involucramiento de agentes federales en el caso nos muestra hasta dónde ha llegado la penetración de las redes del narcotráfico. Los agentes federales actuaron como sicarios de una de las bandas que operan en la República.

No es nada nuevo, es sólo la evidencia de que la influencia de las mafias del crimen organizado ha convertido a los agentes federales de agentes pasivos –sólo responsables de protegerlos y darles información-, se han convertido en agentes activos.

Ningún candidato se ha ocupado o preocupado de explicarles a los ciudadanos como rompería esas cada vez más sólidas redes de complicidad entre agentes policíacos y las mafias del crimen organizado.

Es posible que sea más visible la mafia del narcotráfico, pero hay otras: la del tráfico de vehículos robados, la de los asaltos a transportistas, la del contrabando y la del tráfico de personas.

Todas ellas, igual que el narco, con vinculaciones, protección y complicidad de las autoridades.

El segundo hecho es que todas esas mafias del crimen organizado cuentas con grandes recursos. Y no todos sus cabecillas e integrantes están plenamente identificados ni siquiera por las autoridades, lo cual facilita que empiecen a tender sus redes para controlar algo más que policías y algunos jueces, para controlar políticos, sean funcionarios o legisladores.

Los partidos no se atrevieron a reformar las normas electorales que permitiera una más rigurosa supervisión de sus finanzas, de sus gastos y, sobre todo, del origen del dinero que gastan.

Y al no hacerse las reformas, persisten los vacíos legales que pueden facilitar que el dinero del crimen organizado llegue a las campañas.

Ese es el gran riesgo, el gran peligro que tiene el sistema político. La posibilidad de empezar a contaminarse del dinero sucio de las mafias del crimen organizado.

Recientemente, de visita en México, el expresidente de Colombia Ernesto Samper nos alertó acerca de la descomposición que empieza a sufrir la sociedad mexicana.

Las recetas de Colombia, no todas pacíficas, en algún momento pueden volverse no sólo necesarias, sino indispensables.

Y hasta ahora ninguno de los candidatos presidenciales tiene una receta para contener el cáncer que empieza a corroer los cimientos mismos de la sociedad.

Están demasiado ocupados.

Y si no es ahora, después puede ser demasiado tarde.

 

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