Se ha convertido casi en un lugar común aquello de
“México ya cambió”.
Sin meternos en aspectos de carácter económico,
financiero, sociológico o jurídico, podemos afirmar que al menos un cambio es
más que visible: la impredecibilidad de las elecciones.
Faltan 14 quincenas para la celebración de las
elecciones presidenciales.
El resultado es impredecible, porque en realidad las
campañas de los candidatos no han empezado.
Ninguno ha rendido su protesta. Ninguno es candidato
oficialmente, aunque ya es un hecho que en las boletas aparecerán los nombres
de Felipe Calderón, Roberto Madrazo y Andrés Manuel López Obrador. (Conste,
están en el orden de antigüedad de sus partidos, el orden en que aparecerán en
las boletas electorales).
A pesar de su airada reacción al principio de la
semana que termina, es innegable que va adelante López Obrador, aunque su
ventaja se ha reducido a menos de 10 puntos.
En esas condiciones, difícilmente se puede esperar
que los candidatos mantengan la misma posición que actualmente ocupan en las
encuestas de opinión.
Primero: falta ver el impacto que cada uno tiene en
la ciudadanía.
Segundo: falta ver que no se cometan errores mayores.
Tercero: siempre estará la gran variable que ninguna
encuesta registra: el votante que decide hasta el mismo día de las elecciones
presidenciales y, muchas veces, hasta que tiene frente a sus ojos la boleta
electoral.
Ese cambio, al final del día, es un hecho. Es un
hecho, porque la población poco a poco, a lo largo de los nueve años que tiene
de vigencia la actual legislación electoral, se ha dado cuenta que cada vez su
voto cuenta. Y su voto es contado bien.
Es una falacia, de politólogos y de políticos, el
suponer que la población es moldeable y fácilmente manipulable.
Los ciudadanos, al final de cuentas, como todos los
votantes del mundo democrático, votan por aquello que les conviene, primero a
ellos y sus familias, luego a su comunidad, y luego a la Nación.
En 1996, los norteamericanos le perdonaron a Bill
Clinton sus devaneos con Mónica Lewinsky, porque vivían una etapa de
prosperidad económica.
Votaron porque la permanencia de Clinton les
beneficiaba, primero a ellos y sus familias, luego a su comunidad, y luego a la
Nación.
Cada elección presidencial es, de alguna manera, la
renovación de la esperanza de que ahora sí todo puede marchar mejor.
Sobre esa esperanza operarán los discursos, las
estrategias y la propaganda de las campañas de los candidatos a la Presidencia.
Y el próximo 2 de julio alrededor 45 millones de
ciudadanos, de un total de 72 millones con credencial de elector, decidirán
quién es el próximo Presidente de la República.
Lo mejor de todo es que, a 14 quincenas de las
elecciones, quizá la mitad de esos 45 millones de ciudadanos no han decidido
por quién vota.