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 Con el café

 

(Edición de Fin de Semana)

 

Por: José Fonseca

 

Año 2

27 de Noviembre de 2005

Número 84

 

LA ESPERANZA DEL CAMBIO

 

Se ha convertido casi en un lugar común aquello de “México ya cambió”.

Sin meternos en aspectos de carácter económico, financiero, sociológico o jurídico, podemos afirmar que al menos un cambio es más que visible: la impredecibilidad de las elecciones.

Faltan 14 quincenas para la celebración de las elecciones presidenciales.

El resultado es impredecible, porque en realidad las campañas de los candidatos no han empezado.

Ninguno ha rendido su protesta. Ninguno es candidato oficialmente, aunque ya es un hecho que en las boletas aparecerán los nombres de Felipe Calderón, Roberto Madrazo y Andrés Manuel López Obrador. (Conste, están en el orden de antigüedad de sus partidos, el orden en que aparecerán en las boletas electorales).

A pesar de su airada reacción al principio de la semana que termina, es innegable que va adelante López Obrador, aunque su ventaja se ha reducido a menos de 10 puntos.

En esas condiciones, difícilmente se puede esperar que los candidatos mantengan la misma posición que actualmente ocupan en las encuestas de opinión.

Primero: falta ver el impacto que cada uno tiene en la ciudadanía.

Segundo: falta ver que no se cometan errores mayores.

Tercero: siempre estará la gran variable que ninguna encuesta registra: el votante que decide hasta el mismo día de las elecciones presidenciales y, muchas veces, hasta que tiene frente a sus ojos la boleta electoral.

Ese cambio, al final del día, es un hecho. Es un hecho, porque la población poco a poco, a lo largo de los nueve años que tiene de vigencia la actual legislación electoral, se ha dado cuenta que cada vez su voto cuenta. Y su voto es contado bien.

Es una falacia, de politólogos y de políticos, el suponer que la población es moldeable y fácilmente manipulable.

Los ciudadanos, al final de cuentas, como todos los votantes del mundo democrático, votan por aquello que les conviene, primero a ellos y sus familias, luego a su comunidad, y luego a la Nación.

En 1996, los norteamericanos le perdonaron a Bill Clinton sus devaneos con Mónica Lewinsky, porque vivían una etapa de prosperidad económica.

Votaron porque la permanencia de Clinton les beneficiaba, primero a ellos y sus familias, luego a su comunidad, y luego a la Nación.

Cada elección presidencial es, de alguna manera, la renovación de la esperanza de que ahora sí todo puede marchar mejor.

Sobre esa esperanza operarán los discursos, las estrategias y la propaganda de las campañas de los candidatos a la Presidencia.

Y el próximo 2 de julio alrededor 45 millones de ciudadanos, de un total de 72 millones con credencial de elector, decidirán quién es el próximo Presidente de la República.

Lo mejor de todo es que, a 14 quincenas de las elecciones, quizá la mitad de esos 45 millones de ciudadanos no han decidido por quién vota.

Por eso hoy por hoy es impredecible el resultado.

Y eso, para bien o para mal, es un cambio.

Y un cambio irreversible.

 

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