La semana estuvo marcada por tres acontecimientos
cuya trascendencia aún no percibimos en su totalidad.
El primero es la coalición de izquierda que empiezan
a formalizar Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo.
Se trata de un agrupamiento de fuerzas de izquierda
moderada, más democrática y con sus propios objetivos políticos, uno de los
cuales es sin duda conseguir el respaldo suficiente para que Cuauhtémoc
Cárdenas sea candidato a la Presidencia por alguno de los partidos con
registro.
Una candidatura así contribuiría a reducir las
posibilidades de triunfo de la candidatura de Andrés Manuel López Obrador.
Fue el primer reacomodo.
El segundo, sin duda, fue el Acuerdo de Unidad al
cual se convocó en una ceremonia en el Castillo de Chapultepec.
Constituye el intento de encontrar las fórmulas que
rompan el estancamiento de la economía nacional, el cual representa para el
país una perdida de oportunidades, algunas de las cuales no se presentarán
nuevamente.
Se alinean así algunos grupos de la sociedad para la
contienda que viene. Quizá se convierte el Acuerdo en un grupo de presión, pero
en toda democracia los grupos de presión tienen su espacio.
El tercer acontecimiento es más preocupante.
Preocupantes las renuncias en el IFE y en el Tribunal
Federal Electoral.
En el Tribunal se resolvió con el repliegue de Eloy
Fuentes Cerda el desorden administrativo de esa institución.
En el IFE simplemente se resolvió un conflicto de
poder interno. Quizá había durado demasiado tiempo la Secretaria Ejecutiva y se
había acostumbrado a ejercer el poder en el instituto, lo cual ya no se le
permitió y se fue protestando.
Ninguna de las renuncias altera el desempeño de la
institución.
En el Tribunal Federal Electoral seguirán los
magistrados votando de acuerdo a su criterio jurídico. Y en el IFE se seguirá
con la organización de las elecciones.
En la medida que ambas instituciones cumplan con sus
obligaciones legales y constitucionales, en esa medida nada cambia.
Lo preocupante fueron las reacciones. Sorprende que
tantos, algunos de quienes se esperaría más sensatez, se hayan lanzado a
descalificar a los órganos electorales por la renuncia de únicamente dos
personas.
Preocupan las reacciones, algunas nacidas del simple
interés en aparecer en las noticias, otras nacidas de la perversidad de quienes
preparan el terreno para impugnar una eventual derrota electoral.
Esto último lo reflejó la académica Ana María Salazar
en un artículo publicado la semana pasada.
Plantea Ana María Salazar un imaginario debate, en el
cual Cuauhtémoc Cárdenas le pregunta a López Obrador:
“...la historia empieza a demostrar que sí me robaron
las elecciones y que yo fui el presidente electo en 1988. Por mantener la paz y
la gobernabilidad del país, yo decidí no llevarlo a una guerra civil. ¿Andrés
Manuel, serías tu capaz de tomar esa misma decisión si pierdes las
elecciones?...”
Ese planteamiento, al final de cuentas, quizá resuma
la intención detrás del reacomodo de fuerzas que vimos durante esta semana.