Fue una semana muy agitada, quizá demasiado, síntoma
de que corremos el riesgo de que el reacomodo de fuerzas para el proceso
electoral pueda conducir a la repetición de sucesos violentos.
Arrancó la semana con un debate artificial: el de las
llamadas “narcolimosnas”. El debate sólo subrayó el anticlericalismo de las
élites de la sociedad mexicana.
Luego la virulencia del discurso de la profesora Elba
Esther Gordillo, virulencia que además de no ser gratuita, tiene el ingrediente
de que aún cuenta con el respaldo de cuando menos un millón de maestros de toda
la República.
Sin embargo su discurso empieza a gastarse, a ser
repetitivo. Eso es letal en una sociedad que empieza a acostumbrarse a que se
le presenten novedades noticiosas, aún cuando sean escándalos, chismes o
distorsiones informativas.
Prueba de ello fue que el pasado miércoles, al caer
el helicóptero del Secretario de Seguridad Pública Ramón Martín Huerta, se
olvidaron los otros temas.
El impacto causado por el accidente mostró que en el
gobierno foxista hubo desconcierto. No hubo quien concentrara la información,
para decantarla conforme fuera comprobable. No se hizo así porque uno de los
grandes defectos del régimen del Presidente Fox es la exagerada autonomía de
acción concedida al gabinete presidencial.
Todos quisieron figurar, todos creyeron que les
tocaba participar, todos declararon. Y todos se enredaron ante la insuficiente
información de que se disponía en las horas posteriores al accidente.
Porque, a menos que alguien aporte pruebas y no teorías,
todo indica que fue un accidente la muerte del Secretario de Seguridad Pública
y sus ocho acompañantes. Quienes saben de helicópteros y conocen la zona así lo
afirman.
Sólo que nos han llevado a una etapa en la que nada
es creíble, a menos que sea explicado con una teoría de la conspiración.
Lo preocupante del accidente fue que sirvió para
lanzar una feroz ofensiva al gobierno del Presidente Fox. Es parte de una
especie de catarsis el criticar al Presidente, aún cuando sea injustamente.
Pero, tristemente, también forma parte de una
tendencia cada vez más clara a desprestigiar a las instituciones, sean las
electorales, sea el Poder Judicial, sea el Poder Legislativo o el Ejecutivo.
Forma parte de la estrategia de algunas fuerzas
políticas. Una estrategia que tiende a apuntalar figuras políticas, pero sobre
todo, a darle sustento a las eventuales protestas y movilizaciones que se harán
durante el proceso electoral de 2006.
Son fuerzas que le apuestan al desorden y a la
incredulidad. No le apuestan a la democracia.
Hay, no obstante, signos alentadores. Entre ellos
figura la convocatoria que hace el Consejo Coordinador Empresarial a firmar un
acuerdo nacional para hacerle frente a los graves problemas del crecimiento, la
inseguridad y el desempleo.
Convocan los empresarios, pero se han adherido otras
fuerzas políticas y sociales.
Un acuerdo así ofrece la posibilidad de que las
instituciones resistan el embate a que están sometidas.