La semana que termina bien podría ser tomada como un
muestrario del encono, de la sinrazón y la mala fe que vivirá la sociedad
mexicana durante los once meses y semanas que faltan para las elecciones
presidenciales.
Hubo de todo. Desde arranques de bilis de López
Obrador, quien cada vez revela más su carácter intransigente, por los spots
televisivos contra la inseguridad, hasta arranques de austeridad legislativa
que cuestionan el gasto en vestuario de la esposa del Presidente Fox, aún
cuando los mismos legisladores hayan autorizado dicha partida.
Mas también afloró el descontento entre los
concesionarios de los medios de comunicación electrónicos por, lo que
consideran, la poco equitativa incursión de un empresario vinculado a Los Pinos
y por el forcejeo por el control de lo que aún queda del canal 40.
También en esta semana ha empezado desde el PRD una
campaña sistemática contra el IFE, a quien responsabilizan por presuntos
excesos en el gasto de las precampañas de los precandidatos a la Presidencia.
En este tema hay dos circunstancias que hasta en los
medios de comunicación se soslaya: no hay facultades legales para controlar y
limitar los gastos de las precampañas, porque todas las fuerzas políticas, los
partidos todos, se rehusaron a reglamentarlas.
Por decisión de los partidos que ahora reclaman,
México irá a las elecciones presidenciales con las mismas reglas que rigieron
en los comicios de 2000.
El debilitamiento del IFE, agravado por la debilidad
de la defensa que hace de sí mismo el Consejo General del Instituto, nos puede
conducir a un escenario como el ya descrito por el historiador José Manuel
Villalpando.
La debilidad del IFE podría suscitar que la noche del
2 de julio, por una eventual derrota de López Obrador, el PRD iniciara
movilizaciones violentas que clamaran fraude y desconocieran los resultados
oficiales.
Es apenas una faceta de la serie de circunstancias
que empiezan a conjuntarse para hacer de la campaña por la Presidencia una
sucesión de incidentes, algunos violentos, que podrían conducir a peligrosas
confrontaciones.
Y si en los medios se continúa con la práctica de
privilegiar el escándalo, los ánimos se enconarían tanto que no nos
sorprendería que, como se ha dicho tantas veces en este espacio cibernético, la
violencia fuera el signo de la campaña presidencial.
Y la transición del poder no sería, ni ordenada, ni
pacífica, con lo que estaría en riesgo todo lo avanzado en la última década.