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 Con el café

 

(Edición de Fin de Semana)

 

Por: José Fonseca

 

Año 2

24 de julio de 2005

Número 67

 

MUESTRARIO

 

La semana que termina bien podría ser tomada como un muestrario del encono, de la sinrazón y la mala fe que vivirá la sociedad mexicana durante los once meses y semanas que faltan para las elecciones presidenciales.

Hubo de todo. Desde arranques de bilis de López Obrador, quien cada vez revela más su carácter intransigente, por los spots televisivos contra la inseguridad, hasta arranques de austeridad legislativa que cuestionan el gasto en vestuario de la esposa del Presidente Fox, aún cuando los mismos legisladores hayan autorizado dicha partida.

Mas también afloró el descontento entre los concesionarios de los medios de comunicación electrónicos por, lo que consideran, la poco equitativa incursión de un empresario vinculado a Los Pinos y por el forcejeo por el control de lo que aún queda del canal 40.

También en esta semana ha empezado desde el PRD una campaña sistemática contra el IFE, a quien responsabilizan por presuntos excesos en el gasto de las precampañas de los precandidatos a la Presidencia.

En este tema hay dos circunstancias que hasta en los medios de comunicación se soslaya: no hay facultades legales para controlar y limitar los gastos de las precampañas, porque todas las fuerzas políticas, los partidos todos, se rehusaron a reglamentarlas.

Por decisión de los partidos que ahora reclaman, México irá a las elecciones presidenciales con las mismas reglas que rigieron en los comicios de 2000.

El debilitamiento del IFE, agravado por la debilidad de la defensa que hace de sí mismo el Consejo General del Instituto, nos puede conducir a un escenario como el ya descrito por el historiador José Manuel Villalpando.

La debilidad del IFE podría suscitar que la noche del 2 de julio, por una eventual derrota de López Obrador, el PRD iniciara movilizaciones violentas que clamaran fraude y desconocieran los resultados oficiales.

Es apenas una faceta de la serie de circunstancias que empiezan a conjuntarse para hacer de la campaña por la Presidencia una sucesión de incidentes, algunos violentos, que podrían conducir a peligrosas confrontaciones.

Y si en los medios se continúa con la práctica de privilegiar el escándalo, los ánimos se enconarían tanto que no nos sorprendería que, como se ha dicho tantas veces en este espacio cibernético, la violencia fuera el signo de la campaña presidencial.

Y la transición del poder no sería, ni ordenada, ni pacífica, con lo que estaría en riesgo todo lo avanzado en la última década.

 

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