Ha sido una semana con muchas noticias, lo cual no
necesariamente la hace una semana trascendente, como no sea por la ratificación
de la tendencia en los medios a privilegiar el chisme, la nota chusca,
enriquecida con los dislates presidenciales.
Esos dislates, empero, ya empiezan a reflejar un
estado de ánimo del Presidente Fox.
Demuestran su creciente impaciencia con la crítica,
particularmente porque ahora, como nunca, la crítica ha rebasado los límites
del respeto que merece la institución presidencial.
Cierto, la mayoría de los casos el Presidente provoca
las reacciones en los medios. Lamentablemente no conoce otro modo de hacer
campaña.
Si ese estilo de hacer campaña tuvo tanto éxito
cuando buscó la Presidencia de la República, se ha dicho: ¿por qué no habría de
tenerlo ahora?
Y por ahí va.
Hay dos hechos importantes, empero, al menos más
trascendentes.
Ha arreciado la ofensiva mediática contra el Poder
Judicial. Lo mismo contra los jueces que contra los Ministros de la Suprema
Corte.
Es una tendencia muy peligrosa, como se ha advertido
en este espacio cibernético.
Si aspiramos a ser un país de leyes, se tienen que
respetar los fallos de los tribunales, especialmente aquellos que nos son
adversos.
Si hay sospechas de comportamiento irregular, sea en
un juez, en un tribunal colegiado o en la Suprema Corte, pues hay que
denunciarlo y poner en marcha los procedimientos legales para castigar un
eventual delito.
Lo otro, la ofensiva mediática, sólo parece formar
parte de una tendencia a desacreditar a las instituciones, alentada por la
quimérica suposición de que todo se arregla cambiando las instituciones, lo que
algunos llaman la Reforma del Estado.
A trece meses y medio de las elecciones
presidenciales, con la omnipresente tendencia a explotar el rencor y la
envidia, deteriorar las instituciones es quedar indefensos ante la
maledicencia, la mala fe y la sinrazón de los extremistas ideológicos y de los
radicales de la anarquía.
Y abren una puerta que luego nadie podrá cerrar.
VIOLENCIA
El otro hecho trascendente es la agudización de la
violencia.
Casi 900 muertos en menos de seis meses constituyen
la mejor evidencia de que, como también se dijo en este espacio cibernético, la
sociedad y el Estado están siendo rebasados por los capos y sicarios de las
mafias del crimen organizado.
El Estado, a pesar de los discursos, parece cada vez
más impotente para enfrentar a las mafias.
El hecho inusitado de que en una ciudad como Nuevo
Laredo no encuentren a nadie dispuesto a ser el jefe de la policía es apenas un
síntoma.
La enfermedad es más grave de lo que suponemos.
La tolerancia al narcomenudeo empieza a descomponer
el tejido social y a crear cada día más espacios para los poderes informales
del crimen organizado.
El narcomenudeo cada día corrompe a más jóvenes.
Y el Estado es incapaz de proteger a los ciudadanos
de ese cáncer.
Tienen razón los funcionarios que alegan que el
Estado no ha sido rebasado.
Es posible que esté ocurriendo algo peor, que el
Estado esté siendo corrompido desde su base, como una fruta que es corroída por
dentro.