Un viejo periodista político norteamericano, Teodoro
White, contó en un libro sus primeros viajes como corresponsal del New York
Times.
Narró como poco después de la Segunda Guerra Mundial
recorrió China, desde Shanghai hasta las montañas del occidente del país.
Contó como vio el pillaje, violaciones y asesinatos
del ejército de Chiang Kai Chek, el favorito de Estados Unidos para gobernar
China.
Vio también a un pueblo agobiado por esa violencia.
Pero, cuenta, todo empezó a cambiar conforme se
acercaba a la zona de las montañas del occidente de China donde se había
refugiado Mao Tse Tung, el líder comunista.
Descubrí, dijo, que en las zonas dominadas por los
comunistas reinaba el orden. La población no era víctima de violencia y tampoco
padecía hambre, como el resto de China.
Supe entonces que los comunistas iban a ganar la
guerra y a gobernar China, porque a una población saqueada, asesinada y vejada
durante varios siglos, les ofreció aquello que es la obligación fundamental de
todos los Estados:
La seguridad en los bienes y las vidas de los
gobernados.
Esta semana que termina, cuando nos enteramos que han
sido asesinadas más de 800 personas, sólo en lo que ha transcurrido de este
año, como resultado de la violencia desatada entre las bandas criminales del narcotráfico,
no puede uno menos que acordarse de esa obligación fundamental de los Estados:
la seguridad en los bienes y las vidas de los gobernados.
Han transcurrido ya casi 11 años desde que el
entonces Procurador General de la República Jorge Carpizo McGregor me dijo: “si
no hacemos algo muy drástico contra el narcotráfico, estaremos peor que
Colombia”.
Han transcurrido casi 11 años. Y la República está
cada vez más inerme ante la violencia desatada por los pandilleros del narco.
Mientras, nos entretenemos con las torpezas del
Presidente Fox. O nos distrae Andrés Manuel López Obrador con sus frivolidades
de dónde viviría como Presidente, o con la simpleza de que sus funcionarios
ganarían la mitad de los actuales, si gana la Presidencia.
O pasamos el rato con los chismes del PRI y sus cada
vez más patéticos esfuerzos por demostrar que puede ser partido aunque ya no
tenga a un Presidente en Los Pinos.
El estancamiento de la economía, el desempleo crónico
y los efectos de una incipiente recesión en Estados Unidos se resienten en
México. Y son banderas que cínicamente esgrimen los partidos políticos y los
precandidatos para cultivar un creciente desencanto no con el régimen foxista,
sino con la democracia.
En esa vorágine de escándalos, chismes y revelaciones
sensacionalistas están inmersos también los medios de comunicación, donde, al
igual que en toda la sociedad, parece haberse perdido el rumbo.
Como barquilla arrastrada por las olas, nos llevan de
discusión y discusión, todas inútiles, estériles.
Y nadie quiere, o nadie puede hacer nada, para
combatir con eficacia al cáncer del narcotráfico.
Los partidos, medrosos, se refugian en el discurso
fácil, y prefieren en abstraerse en sus debates legalistas para imponerle a la
sociedad mexicana criterios que son elitistas.
Los empresarios prefieren voltear hacia otro lado,
cuando de narcotráfico se trata, aunque apoyarían alegremente una represión
violenta a las pandillas criminales.
La sociedad, tristemente, empieza a ver con cierta
naturalidad esos asesinatos y, antes que verse en el espejo, prefiere creerse
aquello de que más de 800 asesinados por el narco en este 2005 no importan, al
fin se matan entre ellos.
Valdría parafrasear aquella vieja historia de la
época del nazismo:
Vinieron por el judío, y no hice nada; vinieron por
el gitano, y no hice nada; vinieron por el católico, y no hice nada.