Y, para variar, se han dividido las opiniones en la
sociedad mexicana.
En sólo cinco minutos, el Presidente aparentemente
consiguió distensionar el ambiente, convencido por al cabildeo de Creel y Ramón
Muñoz de que había que dar marcha atrás en el caso del desafuero.
Uno se queda, sin embargo, con la duda acerca de qué
tanta distensión se consiguió.
Todos los que en los medios se habían puesto a favor
de López Obrador aplaudieron la decisión presidencial.
A pesar de que todavía desconfía, López Obrador
también dio un giro y llamó al Presidente un estadista, pero no cambió su
discurso.
Y al no cambiar su discurso se mantiene la distancia
entre el Presidente y el jefe de gobierno del DF. Y no sólo se mantiene la distancia,
sino que pareciera que, convencidos de que López Obrador es un predestinado, se
disponen a aprovechar lo que consideran un signo de debilidad del Presidente
Fox.
No han aceptado en todo su valor la rectificación del
Presidente Fox.
Hay quienes la consideran una rendición.
Y no son, como dicen los cronistas de leyendas
urbanas, sólo los reaccionarios, los ultras, o los partidarios del
autoritarismo. También algunos miembros de la guerrilla de la tinta y el
micrófono empiezan a tejer otra leyenda: la rectificación de Fox significa la
inevitabilidad del triunfo de la izquierda.
El problema esencial de los partidarios de López
Obrador es su carencia de humildad.
No han reconocido en toda su dimensión la
rectificación de Fox, rectificación que debiera garantizar unas elecciones
tranquilas.
Pero el daño colateral es mucho. Ha quedado lastimado
el panismo, donde muchos piensan haber sido utilizados para el desafuero y para
el no desafuero. Se ha quedado lastimado, obviamente, el priísmo de Roberto
Madrazo, donde empiezan a lamentar las equivocaciones de sus matemáticas
electorales, pues ese error amenaza con alterar los equilibrios apenas
conseguidos en su reciente asamblea nacional.
Y ha quedado lastimado el Poder Judicial, donde a
duras penas se ha conseguido resistir la contaminación política.
Pero, sobre todo, ha quedado lastimada la Institución
Presidencial.
Y cualquiera que llegue tendrá que hacer algo para
reparar el daño.
Y, si se piensa bien en esto, hay riesgo de actos
autoritarios, sin importar quien sea el ganador de las elecciones de 2006.
Y el país habrá dado un paso atrás en su evolución
democrática.