En medio de acontecimientos vertiginosos, cambiantes
y con frecuencia erráticos, en un ambiente convulso y exasperadamente absurdo
como en los últimos seis meses, quisiéramos compartir con la Comunidad del Café
una reflexión, invitarlos a una pausa de reflexión.
Nadie está contra una evolución del país. Menos
contra el combate a la pobreza y la desigualdad. El desacuerdo está en cómo
lograrlo.
Se equivocan quienes creen que la evolución de la
Nación puede llegar sin sacrificios.
Para alcanzar los objetivos del bien común hay que
sacrificar las ambiciones políticas, primero, las de personas y de grupos.
Tendríamos que unificarnos en torno a objetivos
comunes y mostrar una real disposición al diálogo.
Y en ese diálogo estar dispuestos a negociar,
reconociendo que negociar significa ceder, una suma de concesiones que
beneficien a la Nación.
El ambiente está muy crispado, exageradamente
crispado, porque los políticos de todos los partidos y los medios de
comunicación están inmersos en un acalorado y exaltado debate.
Esa discusión ensordecedora tiene a la nación en una
guerra política de trincheras.
Y en las guerras de trincheras, son las infanterías,
los ciudadanos comunes los que sufren las consecuencias de los furibundos
discursos y escritos, cargados de hipocresía, de los políticos de todos los
partidos, de funcionarios, académicos y comunicadores.
Nadie quiere negociar, nadie quiere ceder. Estamos
rodeados de políticos fundamentalistas, mesiánicos, cuya soberbia les hace
pensar que son los únicos poseedores de la verdad.
En situaciones así, las naciones necesitan de
liderazgos, pero en México los liderazgos están sometidos a la dictadura de las
encuestas. Esta dictadura les impide a los políticos y a los funcionarios tomar
medidas impopulares.
Porque no siempre lo que es popular es lo que más
conviene a la Nación.
Elegimos gobernantes para que conduzcan, no para que
busquen incansablemente la popularidad.
Las ambiciones políticas están desatadas. Se
multiplican los discursos cargados de rencor y odio. Y amenazan con meter a la
Nación en un callejón sin salida, uno de esos callejones de los que no se sale
sin violencia.
Y en la violencia, el ciudadano común siempre pierde.
El avance, el crecimiento de la economía, la creación
de empleos y la reducción de la desigualdad y la pobreza, debieran ser las
prioridades.
No lo son, porque si lo fueran no se ofrecieran
soluciones fáciles, como lo hacen todos, políticos y funcionarios.
Desconfiemos de los que nos ofrecen gratis vivir en
medio de ríos de leche y miel.
Nadie sabe mejor que los mexicanos que nada es
gratis.
Decían los troyanos: “desconfía de los griegos que
traen regalos”. Así, desconfiemos de los que nos ofrecen llevarnos al progreso
por atajos. Para el progreso de las naciones no hay atajos, sólo caminos difíciles,
fatigantes y agobiantes.