El caso del desafuero de Andrés Manuel López Obrador
empieza a amenazar con salirse de los cauces institucionales, lo cual sí sería
un retroceso.
El planteamiento de controversia constitucional que
hizo la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, con la consiguiente
controversia presentada por la Cámara de Diputados, han puesto en tela de
juicio el procedimiento mismo del desafuero y, lo más importante, la
destitución que suele ser la consecuencia de los juicios de procedencia.
Esto, al final de cuentas, en cualquiera otra
circunstancia sería un enredo que tendría que desatar el Poder Judicial.
Sin embargo, empieza el asunto a convertirse en una
verdadera confrontación de poderes. Un poder local, como el gobierno del
Distrito Federal, se enfrenta al Poder Ejecutivo de la Federación. Ese mismo
poder local está enfrentado al Poder Legislativo de la Federación.
Y, de paso, ese poder local ha cuestionado la
integridad del Poder Judicial y de los mismos organismos electorales que
vigilarán y garantizarán la limpieza y legalidad de las elecciones
presidenciales en las que pretende participar el señor López Obrador.
El desafío perredista se ha visto alentado por la
reacción de algunos medios norteamericanos, vinculados sin duda a los intereses
económicos de los grandes inversionistas, muchos de los cuales están
convencidos de que López Obrador gobernaría como el brasileño Lula da Silva,
quien ha gobernado con programas moderados y prudentes, a pesar de las
protestas de sus seguidores.
Así, han decidido, como se previó en este espacio la
semana pasada, que las conferencias “jardineras” no bastan. Empezará a hacer
recorridos López Obrador por el territorio nacional, para atraer con su
personalidad a los votantes que son ajenos al PRD.
La estrategia, hasta ahora, ha funcionado, pues ha
puesto a la defensiva otra vez al gobierno del Presidente Fox.
No obstante, tienen que ser vistas con recelo sus
permanentes descalificaciones a todo lo que considera obstáculos para su
propósito.
Con el suficiente recelo para hacerse preguntas:
¿Cómo reaccionaría López Obrador, ya Presidente, a
una crítica sistemática e implacable como la que recibe el Presidente Fox?
¿Cuál sería su comportamiento hacia un Poder
Legislativo que no controlara, si se prevé que el Congreso en 2006 estará tan
dividido como ahora, y que nadie tendrá la mayoría?
¿Cómo será su trato con un Poder Judicial al cual ha
dicho que reformaría? ¿En qué consistirían esas reformas? ¿Serían para hacerlo
más autónomo o para someterlo al Ejecutivo, como en el pasado?
¿Cómo sería el trato a sus adversarios, especialmente
a todos aquellos que han sido abiertamente sus opositores y críticos?
¿Acataría López Obrador, ya Presidente, los fallos de
los jueces, aunque le fueran adversos?
¿Mantendría la autonomía e independencia de los
organismos electorales a los cuales ha descalificado constantemente?
Muchos se hacen esas y muchas otras preguntas.
Y quizá por eso habría que modificar la estrategia de
confrontación a la que le han apostado todo.