Aunque hayan sido tardíos, los esfuerzos que hace el
gobierno del Presidente Fox por enfrentar la amenaza del narcotráfico y la
anarquía en los penales donde están encarcelados los capos, merecen todo el
respaldo.
Como se anotó la semana pasada en este espacio
cibernético, el problema ha empezado a hacer crisis por la conjunción de
circunstancias, particularmente las omisiones y la tibieza para aplicar la ley.
Afortunadamente el Poder Judicial ha reaccionado y no
ha interpuesto obstáculos legales para el proceder de las autoridades, aunque
es lamentable que en algunos medios se cuestione el proceder del gobierno.
Es la misma vieja historia de que los prejuicios
ideológicos se colocan por encima del interés nacional.
A quienes viven del cultivo del rencor no les importa
que esta ocasión haya una coincidencia entre el interés del gobierno y el
interés de la sociedad.
Los biliosos preferirían que el país se convirtiera
en una narco República, si eso significa que van a tener razón.
En ese ambiente tan contaminado llega la carta del
embajador Tony Garza.
En realidad el embajador de Estados Unidos a nombre
de su gobierno hace sólo una advertencia a los ciudadanos norteamericanos para
que adopten precauciones al visitar las ciudades del lado mexicano de la frontera
entre México y Estados Unidos.
El gobierno foxista, tan atento a las oscilaciones de
las encuestas, se han lanzado en una cruzada de declaraciones.
Ya empezaron a matizarlas, pero es un error
imperdonable que el Jefe del Estado Mexicano dé respuesta pública y violenta a
la carta de un embajador.
El problema del actual régimen es que tantos carecen
de visión de Estado. Y a muchos les sobra cortesanía. Nadie tuvo el valor de
decirle al Presidente que él no debe responderle a un embajador. Y menos se
atrevieron a decirle que tiene una visita pendiente y próxima a Estados Unidos,
que debiera dejar el lenguaje violento para colaboradores de tercer nivel.
En Washington, por supuesto, han registrado la
violencia del lenguaje presidencial y del Secretario de Gobernación.
Y lo peor es que parece que, como se dijo antes, todo
se hizo en aras de las encuestas, con la mira en las elecciones presidenciales
del próximo año y con el afán de congraciarse con parte del voto útil que llevó
a Fox a Los Pinos.
Y a nadie parecen importar las consecuencias a largo
plazo de acciones coyunturales.
En todos los regímenes democráticos los jefes de
gobierno y Estado actúan generalmente con el objetivo de no perjudicar sus
posibilidades electorales, pero también hay muchos momentos en que los
intereses electorales, la popularidad y la imagen deben ser sacrificados en
aras de intereses de largo plazo de la Nación.
Sólo hay que recordar aquella vieja frase de
Churchill:
"...El político piensa en la siguiente elección;
el estadista en la siguiente generación..."
CLIMA POLITICO
El clima político sigue descomponiéndose,
particularmente por la creciente intolerancia de los actores políticos.
Empieza a deslizarse el lenguaje de la violencia,
apenas esbozado, pero se augura que ya no serán aceptadas tranquilamente las
derrotas.
Hasta ahora el descontento de la derrota sólo se ha
reflejado en impugnaciones ante las autoridades electorales, impugnaciones que
llegan hasta el Tribunal Federal Electoral, institución que se ha convertido en
el tribunal de última instancia.
No obstante, cada fallo del Tribunal Federal
Electoral parece empezar a ser aceptado a regañadientes.
Si a esto le agregamos la falta de voluntad de los
tres grandes partidos para modificar la ley electoral, para darle más facultades
al IFE para fiscalizar las finanzas de los partidos, más facultades para
revisar el gasto de las campañas, y, sobre todo, la falta de voluntad para
reglamentar las precampañas y así darle un orden legal a todo el proceso
electoral, bien puede concluirse que en el proceso electoral del año próximo
podrían haber brotes de violencia. Y, por primera vez en casi una década,
podrían rechazarse los fallos de las autoridades electorales y emprender
acciones de resistencia civil que significarían alterar el clima ordenado que
debe prevalecer para la transmisión del poder presidencial.
Atrapados en las circunstancias electorales, los
actores políticos parecen no tener una visión de largo plazo de los asuntos de
la República.
Todo, como ya se dijo, se reduce a cómo ganar la
siguiente elección.