El año político ha terminado con un gran despliegue
de rijosidad entre las fuerzas políticas. Nada indica que el próximo enero sea
distinto.
Seguirá el debate por las facultades constitucionales
del Ejecutivo y el Congreso, de eso no hay duda, pero también seguirán las
oportunistas declaraciones de todos los políticos de todos los partidos.
No dude usted, cibernético lector, que el próximo año
sea más enconado que el actual, porque para el verano de 2005 estarán ya más o
menos definidas las candidaturas.
Quizá sin que lo hayamos percibido ya empezó, otra
vez, la disputa por la Nación.
Por eso nos hablan todos de modelo de Nación.
Eso es lo que estará otra vez en juego, eso es lo que
enconará el ambiente, porque las fuerzas políticas han sido incapaces de ponerse
de acuerdo sobre el modelo de Nación, ni siquiera de programas fundamentales
que le den certidumbre a los ciudadanos.
Y no se ponen de acuerdo porque tristemente para las
tres principales fuerzas políticas de México -el PAN, el PRI y el PRD-, lo único
que cuenta es ganar el poder.
Ni la sociedad ni los partidos hemos aprendido que en
la lucha política del poder hay adversarios, no hay enemigos.
No hemos querido aprender de que no hay triunfos para
siempre, pero tampoco derrotas para siempre.
Esa temporalidad de los triunfos y las derrotas es lo
que hace a la democracia un sistema flexible, adaptable a distintas ideologías.
Y precisamente porque la democracia es un sistema
flexible, es indispensable que esté sustentada en acuerdos de fondo, acuerdos
no coyunturales.
Para el PAN el ejercicio sexenal ha sido un
permanente padecer. Ha tenido que padecer las mezquina ambiciones que han
devorado a tantos de los suyos. Para el PRI el suplicio ha sido estar fuera de
la Presidencia, a pesar de estar seguros que son los mejores. Para el PRD la
democracia ha sido a la vez un obstáculo y una oportunidad.
Atrapados por las visiones miopes de ganar la
siguiente elección, los partidos políticos no se dan cuenta del riesgo que se
corre si sus mezquinos pleitos dividen a la sociedad.
Todos dicen querer el diálogo, pero sus palabras no
lo demuestran.
Sin diálogo entre los políticos, sin acuerdos en lo
fundamental, a nadie deberá sorprender que la sociedad aburrida de pleitos,
hastiada de no avanzar y desesperada por el estancamiento económico, empiece a
pensar en otras opciones, opciones no precisamente democráticas.
Se corre el riesgo del surgimiento de alguna figura
carismática, de fácil palabra, de discurso atractivo para la mayoría.
Se correría el riesgo de una regresión.
No una regresión al autoritarismo del PRI, como
tantos dicen, sino a algo peor: a una dictadura con máscara democrática.