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 Con el café

 

(Edición de Fin de Semana)

 

Por: José Fonseca

 

Año 1

26 de septiembre de 2004

Número 29

 

UNA REFORMA ELECTORAL PARA EL 2006

 

La semana siguió marcada por la confrontación Fox-López Obrador, la cual, al final del día, es la confrontación de las estrategias que se enfrentarán en las elecciones presidenciales de 2006.

El lenguaje violento, grosero, de Andrés Manuel López Obrador es preocupante, no por el caso del desafuero, o por su oposición a la descentralización educativa, sino porque todos los analistas perciben que las elecciones de 2006 serán muy competidas y eso crea una amenaza a su credibilidad.

Existe un sistema electoral como garantía de la limpieza de las elecciones, pero la falta de reglamentación de las precampañas, las pocas facultades del IFE para una real fiscalización de las finanzas de precampañas y campañas, así como la creciente presencia de dinero privado -limpio y sucio- en las campañas electorales, crean circunstancias que podrían ser la plataforma de un López Obrador que pierda las elecciones para cuestionar su legitimidad.

Se hace indispensable una reforma electoral que intente cuando menos cubrir los frentes mencionados, cerrar muchas de las brechas actuales, pero también una que fortalezca a las instituciones electorales, para impedir que sean las primeras víctimas de una guerra de escandalosas declaraciones, de llamados a la resistencia cívica y de atentados a la gobernabilidad que una eventual derrota de López Obrador significaría.

Igualmente preocupante es la incapacidad del gobierno foxista para desactivar a tiempo posibles focos de conflicto. Cuando la rápida solución de estos requiere de recursos públicos, el proceso se torna desesperadamente lento por dos razones fundamentales:

a) Nadie quiere ir más allá de la norma, y menos firmar si antes no han firmado casi todos los funcionarios involucrados.

b) Por el prurito torpe de que como ya nada es como antes, no hay que hacer operación política como antes para solucionar los conflictos.

En esas condiciones, debieran preocuparnos los factores que se acumulan para la elección presidencial.

Debiera preocuparnos porque, como se ha dicho en este espacio muchas veces, la tranquilidad social de la República depende de la capacidad de los actores políticos para hacer la transmisión del poder en 2006 tan pacífica y ordenada como la de 2000.

Si no hay voluntad política para garantizarle cuando menos eso a los mexicanos, la transición democrática podría descarrillarse.

La regresión es un riesgo, como lo es la posibilidad de un régimen autoritario, peor que en el pasado priísta.

 

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